02/08/2010 - Causa Caballero: Juicio oral - Día 17
“La picana es muy jodida, no vas a poder coger”

Relató Santiago Almada, la amenaza de sus torturadores en la Brigada de Investigaciones, fue uno de los tres testigos. También lo hicieron las diputadas nacionales Graciela de la Rosa y Elsa Quiroz, que estuvo más de tres horas declarando.

La reanudación del juicio oral y público por la Causa Caballero, tras el receso invernal, se caracterizó este lunes por declaraciones y respuestas extensas de los testigos y las escasas preguntas de la defensa, en una jornada que comenzó a media luz por un problema eléctrico en el edificio del Tribunal Oral Federal. Este martes, volverán a Tribunales, pero en la causa por la Masacre de Margarita Belén.

Abrió la serie de testigos, que en principio eran cuatro, la diputada nacional Elsa Quiroz de la Coalición Cívica, que estuvo más de tres horas declarando, visiblemente emocionada y superada por los recuerdos.

Siguió la también diputada nacional Graciela de la Rosa, Frente para la Victoria, con su hijo entre el público, que siguió expectante, pero muy tranquilo la declaración de su madre.

La legisladora nacional por Formosa, con la carga de rememorar los últimos días con el padre de su hijo: Patricio Blas Tierno –una de las víctimas de la Masacre de Margarita Belén-, mientras eran torturados en la Brigada de Investigaciones.

Y cerró la decimoséptima jornada, el radicado en República Dominicana: Santiago Almada –acompañado de su esposa centroamericana-. Quedó postergado hasta el martes 10, la declaración de Eduardo Saliva, que volvió a Resistencia tras unos años de vivir en Neuquén.

Los mismos tres testigos: Quiroz, De la Rosa y Almada volverán a declarar hoy, a partir de las 8.30, pero en este caso en el marco de la causa por la Masacre de Margarita Belén.

Complicidad judicial
Los tres testigos dejaron en claro la complicidad judicial: con el ex juez Luis Ángel Córdoba y el ex fiscal Roberto Mazzoni, negándose a tomar denuncias de torturas, con Carlos Flores Leyes conduciendo interrogatorios intimidantes en la sede de Gendarmería, con Rescka y Coronel, asistiendo en algunos casos.

Y Almada dio un claro ejemplo: “Durante una visita de la Cruz Roja en 1979, escondieron a (Eugenio) Domínguez Silva –que era menor de edad- y al Tano Rossi, porque seguían presos a pesar de que le habían firmado la libertad condicional”.

Picana
“Ésta es mi credencial”, le dijo el policía que detuvo a Almada –mostrándole el revólver- en la intersección de las avenidas 9 de Julio y Las Heras, un 9 de septiembre de 1975. De allí, a la Brigada de Investigaciones, por calle Juan B. Justo.

Algunas palizas para el ablande de la mano de los policías Olivera y Manssur “miembro de un grupo de teatro en la Parroquia San Antonio”, recordó el testigo. Y la amenaza inmediata: “La picana es jodida, no vas a poder coger”, le advirtieron para animarlo a que se convirtiera en un buchón.

Entre sus torturadores también estuvieron Gabino Manader, José Francisco Rodríguez Valiente, Humberto Caballero (todos imputados), Mora (sería hijo del ex jefe de Policía), Lasatti y el llavero era Abate.

Para graficar el duro régimen carcelario en la alcaidía policial de Resistencia, Almada ironizó: “Tenían hasta el control de nuestras heces”. Aquí se tuvo que enfrentar a la “Gestapo”, como denominó a la guardia dura del oficial Octavio Ayala: Francisco Álvarez, Rubén Roldán (ambos imputados), Flores, Esquivel”.

Picana II
De la Rosa es detenida junto a su pareja Patricio Tierno, la siesta del 13 de mayo de 1976, en su pensión de estudiante, junto con otros dos compañeros. De inmediato, la llevan a la Brigada de Investigaciones, donde, tras ser vendada y esposada, comenzaron a golpear por todo el cuerpo, hasta que, cuando llegaron a la panza, la mujer gritó: “Paren, estoy embarazada”.

Igual la torturaron: “Por el miedo me oriné encima y se reían, me decían que no iban a necesitar tirarme agua para picanearme”. Acto seguido, le pasaron corriente eléctrica por todo el cuerpo, le quemaron el cuerpo con cigarrillos, la manosearon, la vejaron. También la llevaron a un descampado, lejos de la zona urbana, donde nuevamente fue torturada: “Hacían simulacro de fusilamiento, me metían una pistola en la vagina”, relató.

La “Sala negra” fue la peor experiencia de su vida: “Después de varios días lo traen a Patricio, y lo tiran frente adonde estaba. Lo veo muy golpeado, con las muñecas y tobillos muy heridos, porque lo habían estaqueado. Es la última vez que logro verlo”

Ya en la alcaidía, recuerda a la también embarazada Silvia Robles –hoy presidenta del Instituto de Cultura-, y que la comida era escasa: “Las compañeras separaban la poca carne y verdura de la comida y nos daban a las embarazadas”, caracterizó a la solidaridad entre presas políticas.

También un duro caso: “A Nora Valladares la vinieron a buscar en varias oportunidades, la llevaron a la Brigada de Investigaciones y volvía torturada, muy golpeada”.

De familia militante, su abuelo fue detenido por yrigoyenista en los ’30, su padre, encarcelado por peronista en 1955 y ella, presa por militar en la Juventud Universitaria Peronista, en la convulsionada década del ‘70.

Picana III
Fue tan larga la declaración de Elsa Quiroz, que mereció un cuarto intermedio para que uno de los abogados defensores pueda ir al baño. Durante ese intermedio, desde el balcón de los fumadores compulsivos del juicio –periodistas, abogados, fiscales y familiares-, en la plaza central acompañaba el colectivo Cultura X Justicia y la Casa por la Memoria.

Desde los altavoces, se escuchaba leer las cartas publicadas en medios gráficos locales respaldando al Área Literaria del Instituto de Cultura, tras la polémica desatada por la publicación Arquitextos.

De vuelta al juicio, Quiroz rememoró su detención el 18 de abril de 1976, mientras miraba una película con su madre y su tía, en el desaparecido Cine Marconi. Su padre
–un suboficial de Gendarmería- acompañó a los dos gendarmes que ejecutaron la orden.

Ya en la Brigada de Investigaciones, vivió el peor calvario: Manader, de inmediato, le hizo saber de qué se trataba, mientras el “Cabo Sotelo” –José Marín- tocaba el acordeón. Golpes, patadas, interminables sesiones de tortura, vejaciones.

De la tortura, le quedaron marcas en el seno izquierdo y en uno de los glúteos. No hablaba. La tuvieron que internar una vez en el Sanatorio Frangioli y otra la asistió un médico forense en la misma Brigada. Recién en la alcaidía, pudo curar sus heridas. Salió libre recién tres días antes del Año Nuevo de 1983.

Informe: Por Marcos Salomón
Foto: gentileza Fabián Maldonado