05/08/2010 - Masacre en Margarita Belén - Juicio oral – día 17
“No se obliga a obedecer los crímenes aberrantes”
La afirmación del coronel (r) Horacio Ballester hizo explotar a los imputados. Convulsionada y agitada fue la declaración brindada ayer por teleconferencia. También declararon el ex diputado, Jorge Belzor Miño y el sepulturero jubilado Uralio Fernández.
“No se obliga a obedecer los crímenes aberrantes”
La afirmación del coronel (r) Horacio Ballester hizo explotar a los imputados. Convulsionada y agitada fue la declaración brindada ayer por teleconferencia. También declararon el ex diputado, Jorge Belzor Miño y el sepulturero jubilado Uralio Fernández.

El buen humor y la bonhomía previa al inicio del juicio oral y público por la Masacre en Margarita Belén, pronto se les borraría de la cara de los imputados, con Horacio Losito como comandante del grupo de militares –el policía Alfredo Chas permaneció ajeno a la escena-.
Es que ayer, la declaración del coronel (r) Horacio Ballester, miembro del Centro de Militares por la Democracia, logró sacarlos de quicio. Losito, de pie, junto con Ricardo Reyes, miraban indignados la imagen de la TV, que hacía las veces de monitor de la videoconferencia con el Consejo de la Magistratura, en Buenos Aires, donde estaba el testigo de 83 años.
Jorge Carnero Sabol era un pistón que iba y venía murmurándole a la oreja al defensor Carlos Pujol. Luis Alberto Patetta aportaba lo suyo. Los demás, inquietos. La mujer de Losito, que según el diario Página 12 se encadenó encapuchada junto con Cecilia Pando, murmuraba: “Mercenario”.
LA ASTILLA
Retirado en 1971, Ballester ya declaró en otros juicios por crímenes de lesa humanidad, como sucedió en Corrientes, en la causa por el ex Regimiento de Infantería 9. Hizo una clara y precisa explicación de cómo se dividió al país en zonas y áreas, como parte de la lucha contra el “enemigo interior”.
Explicó la vinculación de las Fuerzas Armadas con la Escuela de las Américas y la Doctrina Francesa de Contrainsurgencia, que, básicamente, enseñaba el “aniquilamiento de los elementos de izquierda, subversivos”.
Sobre la Masacre en Margarita Belén, Ballester afirmó sin medias tintas: “Fue un genocidio”. Criticó el traslado de presos políticos desde Resistencia hacia Formosa: “Desde el punto de vista militar, no cierra”. Y cuestionó la falta de medidas de seguridad del convoy y la poca custodia.
Pero, lo que más le llamó la atención es que “de los 13 militares que realizaron el traslado, no hay ni un herido. En cambio, todos los presos políticos están muertos y desaparecidos”, no recordando en la historia de enfrentamientos armados un resultado como ese: sin muertos ni heridos de uno de los bandos.
JUEGO DE PREGUNTAS
Para esa altura, los imputados ya no podían soportar más lo que estaban escuchando. La tensión y el insoportable eco de la sala fueron cortados por una pregunta del defensor Carlos Pujol: “¿Las personas trasladadas formaban parte del convoy?”. La respuesta fueron risas generalizadas. Y un “hasta que los mataron”, ironía de la querella.
Pujol recompuso: “¿Estaban obligados a cumplir la orden de traslado?”.
La respuesta de Ballester: “Estaban obligados a cumplir el reglamento”.
Rápido de reflejos, intervino el querellante Mario Bosch, repreguntando: “¿Y están obligados a cumplir el reglamento si son órdenes aberrantes?”.
Con la serenidad que mostró durante todo el juicio, señaló: “No se obliga a obedecer crímenes aberrantes”.
Fue en ese momento que Losito y Reyes, de pie, cuestionaban al testigo y lo llamaron “golpista”. Mientras, la presidenta del Tribunal Oral Federal, Gladis Yunes, tuvo que poner mucha energía para controlar la situación. Y el testigo no entendía muy bien las imágenes que veía, a través de las cámaras de la Dirección de Cine y Espacio Audiovisual (DCEA), del Instituto de Cultura.
Entonces, otra pregunta, le dio la oportunidad de relatar al testigo que su “peor error” como militar fue haber participado del golpe que derrocó al presidente Arturo Illia. De hecho, durante la dictadura del general Lanusse, Ballester conoció la cárcel y fue dado de baja del Ejército.
TESTIGOS
Cuarto intermedio. Uralio Fernández pidió permiso para ir al banco a cobrar su jubilación. A pesar de ser testigo de la defensa, el Equipo de Protección a Testigos tramitó la autorización. Antes de su regreso, comenzó la declaración del ex diputado provincial Jorge Belzor Miño.
De elegante negro y rojo montonero contó que lo detuvieron a principios de marzo de 1976 por el Ejército. Apenas estuvo unas horas en la Brigada de Investigaciones, hasta que lo llevaron al Ejército, donde lo torturaron (pero esa será parte de la historia para la Causa Caballero).
De allí al Pabellón 6 de la U7, desde donde vio salir a Néstor Sala, Luis Barco y Arturo Franzen, caminando hacia su traslado a la muerte: “Sabíamos que si los volvían a sacar era para matarlos, aplicando la ley de fugas”.
Del régimen carcelario, Miño recuerda: “En la cárcel hay que prepararse para morir, si no es un error”. Sin dejar de pensar en todos los detalles: “Debido al régimen inhumano, debíamos planificar que un grupo vaya de cuerpo por la mañana y otro por la tarde”.
Negó cualquier posibilidad de fuga durante el traslado: “Nosotros decíamos vejiga vacía y bien acolchonado, que era encimarse ropa para resistir los golpes”.
Defendió y elogió la labor del padre Elvio Brisaboa, uno de los próximos testigos más esperados, que declararía también por videoconferencia desde Rosario.
Para el final quedó un muy asustado Uralio Fernández, sepulturero que regresó a declarar justo a tiempo, tras cobrar su jubilación. Otros trabajadores jubilados del cementerio San Francisco Solano, citados como testigos, no pudieron ser hallados. Tampoco se presentaron y postergaron su declaración para el lunes otros dos testigos.
Entre el temblor propio de su edad y los nervios que lo consumían, las manos de Fernández se movían sin control, más cuando tuvo que reconocer su firma en una declaración anterior. A él le tocó enterrar entre 12 y 14 cuerpos en su horario de trabajo: de 5.30 a 13. Al menos un cadáver era de mujer y también enterró NN.
Y es aquí donde la batalla judicial quedó sepultada por la estrepitosa realidad, resumida en una pregunta: ¿Dónde están los cuerpos de los fusilados el 13 de diciembre de 1976 que continúan desaparecidos?
Es que ayer, la declaración del coronel (r) Horacio Ballester, miembro del Centro de Militares por la Democracia, logró sacarlos de quicio. Losito, de pie, junto con Ricardo Reyes, miraban indignados la imagen de la TV, que hacía las veces de monitor de la videoconferencia con el Consejo de la Magistratura, en Buenos Aires, donde estaba el testigo de 83 años.
Jorge Carnero Sabol era un pistón que iba y venía murmurándole a la oreja al defensor Carlos Pujol. Luis Alberto Patetta aportaba lo suyo. Los demás, inquietos. La mujer de Losito, que según el diario Página 12 se encadenó encapuchada junto con Cecilia Pando, murmuraba: “Mercenario”.
LA ASTILLA
Retirado en 1971, Ballester ya declaró en otros juicios por crímenes de lesa humanidad, como sucedió en Corrientes, en la causa por el ex Regimiento de Infantería 9. Hizo una clara y precisa explicación de cómo se dividió al país en zonas y áreas, como parte de la lucha contra el “enemigo interior”.
Explicó la vinculación de las Fuerzas Armadas con la Escuela de las Américas y la Doctrina Francesa de Contrainsurgencia, que, básicamente, enseñaba el “aniquilamiento de los elementos de izquierda, subversivos”.
Sobre la Masacre en Margarita Belén, Ballester afirmó sin medias tintas: “Fue un genocidio”. Criticó el traslado de presos políticos desde Resistencia hacia Formosa: “Desde el punto de vista militar, no cierra”. Y cuestionó la falta de medidas de seguridad del convoy y la poca custodia.
Pero, lo que más le llamó la atención es que “de los 13 militares que realizaron el traslado, no hay ni un herido. En cambio, todos los presos políticos están muertos y desaparecidos”, no recordando en la historia de enfrentamientos armados un resultado como ese: sin muertos ni heridos de uno de los bandos.
JUEGO DE PREGUNTAS
Para esa altura, los imputados ya no podían soportar más lo que estaban escuchando. La tensión y el insoportable eco de la sala fueron cortados por una pregunta del defensor Carlos Pujol: “¿Las personas trasladadas formaban parte del convoy?”. La respuesta fueron risas generalizadas. Y un “hasta que los mataron”, ironía de la querella.
Pujol recompuso: “¿Estaban obligados a cumplir la orden de traslado?”.
La respuesta de Ballester: “Estaban obligados a cumplir el reglamento”.
Rápido de reflejos, intervino el querellante Mario Bosch, repreguntando: “¿Y están obligados a cumplir el reglamento si son órdenes aberrantes?”.
Con la serenidad que mostró durante todo el juicio, señaló: “No se obliga a obedecer crímenes aberrantes”.
Fue en ese momento que Losito y Reyes, de pie, cuestionaban al testigo y lo llamaron “golpista”. Mientras, la presidenta del Tribunal Oral Federal, Gladis Yunes, tuvo que poner mucha energía para controlar la situación. Y el testigo no entendía muy bien las imágenes que veía, a través de las cámaras de la Dirección de Cine y Espacio Audiovisual (DCEA), del Instituto de Cultura.
Entonces, otra pregunta, le dio la oportunidad de relatar al testigo que su “peor error” como militar fue haber participado del golpe que derrocó al presidente Arturo Illia. De hecho, durante la dictadura del general Lanusse, Ballester conoció la cárcel y fue dado de baja del Ejército.
TESTIGOS
Cuarto intermedio. Uralio Fernández pidió permiso para ir al banco a cobrar su jubilación. A pesar de ser testigo de la defensa, el Equipo de Protección a Testigos tramitó la autorización. Antes de su regreso, comenzó la declaración del ex diputado provincial Jorge Belzor Miño.
De elegante negro y rojo montonero contó que lo detuvieron a principios de marzo de 1976 por el Ejército. Apenas estuvo unas horas en la Brigada de Investigaciones, hasta que lo llevaron al Ejército, donde lo torturaron (pero esa será parte de la historia para la Causa Caballero).
De allí al Pabellón 6 de la U7, desde donde vio salir a Néstor Sala, Luis Barco y Arturo Franzen, caminando hacia su traslado a la muerte: “Sabíamos que si los volvían a sacar era para matarlos, aplicando la ley de fugas”.
Del régimen carcelario, Miño recuerda: “En la cárcel hay que prepararse para morir, si no es un error”. Sin dejar de pensar en todos los detalles: “Debido al régimen inhumano, debíamos planificar que un grupo vaya de cuerpo por la mañana y otro por la tarde”.
Negó cualquier posibilidad de fuga durante el traslado: “Nosotros decíamos vejiga vacía y bien acolchonado, que era encimarse ropa para resistir los golpes”.
Defendió y elogió la labor del padre Elvio Brisaboa, uno de los próximos testigos más esperados, que declararía también por videoconferencia desde Rosario.
Para el final quedó un muy asustado Uralio Fernández, sepulturero que regresó a declarar justo a tiempo, tras cobrar su jubilación. Otros trabajadores jubilados del cementerio San Francisco Solano, citados como testigos, no pudieron ser hallados. Tampoco se presentaron y postergaron su declaración para el lunes otros dos testigos.
Entre el temblor propio de su edad y los nervios que lo consumían, las manos de Fernández se movían sin control, más cuando tuvo que reconocer su firma en una declaración anterior. A él le tocó enterrar entre 12 y 14 cuerpos en su horario de trabajo: de 5.30 a 13. Al menos un cadáver era de mujer y también enterró NN.
Y es aquí donde la batalla judicial quedó sepultada por la estrepitosa realidad, resumida en una pregunta: ¿Dónde están los cuerpos de los fusilados el 13 de diciembre de 1976 que continúan desaparecidos?