08/07/2010 - Causa Caballero - Juicio oral – día 14
Madre e hijo torturados con picana
Lo relato Osvaldo Úferer, uno de los cuatro testigos que declaró ayer. También se escucharon los testimonios de Horacio Cracogna, Eugenio Domínguez Silva y Oscar Gómez. El juicio continúa lunes y martes.

Con cuatro testigos continuó ayer el juicio oral y público, en el marco de la Causa Caballero, con la mayor tensión en el momento en que se relató el horror vivido por una presa política con su hijo, a quienes mantuvieron detenidos en la Brigada de Investigaciones de la policía chaqueña.

Declararon Osvaldo “Valdi” Uferer (también fue testigo en la Masacre de Margarita Belén), Horacio Cracogna, Eugenio Domínguez Silva y Oscar Gómez, con la nuevas audiencias fijadas para el lunes y martes de la próxima semana.

PRISIÓN
El testimonio de “Valdi” Úferer fue el más estremecedor de las cuatro declaraciones que se escucharon. Fue detenido en dos ocasiones: a fines del abril del año 75, pasando por la Brigada de calle Juan B. Justo y de ahí a la alcaidía por 20 días. La segunda, ocurrió un año después, en 1976, cuando un patrullero lo levantó de la calle en la zona de Villa Central Norte y lo depositó en la Brigada, esta vez por calle Marcelo T. de Alvear, donde pasó 31 días.

“Yo era militante de la Juventud Peronista y miembro de la organización Montoneros. Éramos una organización político militar y tomamos las armas para oponernos a un gobierno que había usurpado la Constitución”, recordó.

Por eso, estuvo siete años preso. Pasó por la alcaidía, la U7, y la U9 en la La Plata. Le hicieron un consejo de guerra por asociación ilícita (los integrantes de la banda eran él y dos tíos suyos, Lorenzo y Angelito Ávalos). Le dieron la libertad el 19 de diciembre de 1983, desde la U6, en Rawson.

HORROR
“En la sala negra, los días no tenían una rutina especial. Generalmente, se torturaba de noche y cuando llegaba un nuevo detenido”, señaló. Y aclaró: “No es que uno no ve con la venda. Uno se ingenia para ver quiénes son”.

Así, Úferer pudo ver a la hoy diputada naiconal Elsa Quiroz, a Horacio Cracogna, a Nora Valladares, a Jorge Migueles también a Arturo Franzen y Manuel Parodi Ocampo, dos de las víctimas de la Masacre.

Explicó que, según su experiencia, en la Brigada convivieron dos estructuras, una formal, con Carlos Thomas a la cabeza y Ramón Meza como subcomisario encargado del Área Restringida, y en la que José Francisco Rodríguez Valiente tenía el papel de sumariante, y otra, subterránea, informal, en la que a Thomas lo seguían muy de cerca Gabino Manader, José María Cardozo y otros, que “mandaban tanto como un jefe e incluso podían contradecir órdenes. Nunca nadie de esa estructura formal condenó las torturas”.

BEBÉ, A LA TORTURA
Contó que conoció dos tipos de picana en la Brigada, una de color azul, utilizada por el Cabo Marín para aplicarle corriente eléctrica en los testículos a un detenido mientras orinaba y otra de un “naranja subido”, como las que se utilizan para el ganado, que hacía un sonido parecido al de la chicharra que “a uno le quedaba grabado”.
Una vez lo torturaron hasta que se desmayó: “Me dejaron tirado en el piso al lado de una puerta vaivén”. Cuando despertó escuchó la voz de Gabino Manader y los gritos de Nora Valladares durante un interrogatorio.

“Manader le decía bueno… bueno… terminemos… decime lo que quiero saber y te devuelvo la bombacha, te vestís y listo…”. Como la mujer no respondía la torturaron un poco más, hasta que el policía (imputado en la causa) se cansó y le dijo: “Bueno, ¿sabés qué? Vamos a traer a tu hijo”.

“Nora estaba detenida con un bebé de siete meses – continuó Úferer. Le aplicaron la picana, porque cuando sonaba la picana el bebé lloraba”. Mientras, Úferer observaba y escuchaba todo tirado sobre el piso.

LA PATOTA
“Vi gente con uniforme en la Brigada, pero no cuando a mí me torturaban. Una vez me llevaron a la oficina de Thomas y estaba el coronel Larrateguy y otro militar. Cardozo me pegaba en la planta del pie con algo duro como un palo. Lo conocía de Barranqueras”, afirmó.

También recordó que “a (Enzo) Bread (el imputado que en la audiencia del miércoles se descontroló) lo conocía de antes, jugaba al fútbol. Cuando tomaba su guardia les pegaba con un palo a Elsa y Nora, todas la mañanas”, denunció.
Según Úferer, “estaban los que torturaban para saber y los que torturaban para destruirlo a uno, Bread era de esos. Marín no estaba en sus cabales, pegaba porque sí, aunque también lo vi tocando el acordeón durante las torturas”.

IDAS Y VUELTAS DE UN ENCUENTRO
Valdi Úferer conoció a Patricio Blas Tierno, asesinado en la Masacre en Margarita Belén durante su cautiverio clandestino en la Brigada. 34 años después, a poco de comenzar el juicio por la Masacre, Valdi conoció al hijo de Patricio, Juan Pablo Tierno, en el mismo edificio, transformado en Casa por la Memoria. Si bien fue la primera vez que se vieron, esa noche en la Casa fue el segundo encuentro de ambos.

“A Patricio Blas Tierno lo trajeron una noche muy lastimado –recuerda Úferer- con las muñecas atadas con alambre. Con él estaba su novia y futura esposa, Graciela de la Rosa, con un embarazo incipiente”.

Durante su testimonio en la sala de audiencias del TOF, cerca de Dafne Zamudio -también ella hija de un asesinado en la Masacre- estaba sentado Juan Pablo, que escuchaba atentamente a Valdi relatando su experiencia y esa noche, la primera de un encuentro que se repetiría 34 años después.

HORACIO CRACOGNA- “VERDUGOS DE ALMA”
Con sus hijas y su mujer en la sala de audiencia, Horacio Cracogna contó que fue detenido el 1 de mayo de 1976 a los 21 años en Reconquista, por un pedido de la policía de Chaco. Trabajaba y estudiaba en Resistencia. Su hermano estaba preso desde 1975. A Horacio, lo ficharon por su militancia en la Facultad de Ingeniería (junto a Luis Barco, asesinado en la Masacre) y por su militancia en los grupos de familiares de presos políticos en razón de la detención de su hermano Oscar en 1975. Le hicieron dos consejos de guerra con acusaciones generales. Aseguró que los guardiacárceles tenían “alma de verdugos, porque disfrutaban con la tortura”.

UN VIAJE AL FONDO DE LA NOCHE
En la jefatura de Reconquista lo vendan, lo esposan y lo meten en el baúl de un Torino blanco. No lo dejaron despedirse de sus padres. A la madre la volvería a abrazar en 1980, su padre moriría con él preso en la U7.

Lo llevaron a la Brigada por calle Marcelo T. de Alvear y lo tiraron de los pelos a la sala negra. Estuvo diez días.

“Con el tiempo canchereábamos y podíamos ver por el rabillo de la venda”. Así fue armando el rompecabezas de la patota. Las voces fueron teniendo un nombre, y después un rostro. Esta situación originó una nueva tortura. El 11 de mayo, lo mandan a la Alcaidía; y en septiembre, a la U7. Allí, estuvo en el pabellón 3, de donde sacan a Mario Cuevas para matarlo en la Masacre. Aquí el oficial Casco era el verdugo. “A ustedes tenemos que aniquilarlos física y mentalmente”, nos decía. “Un día viene Casco a buscarme sin decirme nada. Era para hacerme firmar la sentencia del segundo consejo de Guerra. La firme de espaldas, sin sacarme las esposas”.

El 22 de diciembre de 1980 cumplió 25 años. Ese día lo subieron a un avión y lo mandaron a la Prisión Unidad 9 de Rawson. Con un hilo de voz, recordó el reencuentro con su hermano Oscar, que había pasado 5 años en el penal. “No lo reconocí, estaba chupado, sin dientes, muy deteriorado”.

Por Gonzalo Torres y Marcos Salomón