“Fueron muertos a palos”
Declaró Omar Rodolfo Lana, detenido en la alcaidía la noche de la paliza en el comedor. También declararon los mecánicos del Ejército Isabelino Galeano y Domingo José Esmay. Hoy sigue la causa con una lista de ocho testigos, que incluye los nombres del coronel de Ingeligencia Hornos.
Tras el receso, la continuidad del juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén tuvo como protagonista esencial a Omar Rodolfo Lana; un preso político que nunca militó en política. Fue privado de su libertad de octubre a diciembre de 1976, primero en la Brigada de Investigaciones, y después en la alcaidía policial.
Su “crimen subversivo” fue la amistad que mantuvo hasta el final con Fernando Piérola, una de las víctimas de la Masacre que continúa desaparecido. Esa fatídica noche previa al traslado, destruido por la tortura, le daba aliento a sus compañeros.
Cuando fue liberado padeció el ostracismo y la discriminación de una sociedad aletargada por el terror. Su hija y María Julia Morresi (testigo en la causa y pareja de Fernando Piérola) lo escucharon con atención durante toda su declaración.
Hacia el final de la jornada declararon los mecánicos del Grupo de Artillería 7, de donde salió el camión utilizado en la Masacre. Ambos coincidieron en que no hubo oficiales que manejaran camiones y negaron haber visto cadáveres en el Regimiento.
Sobre el Tribunal Oral Federal pesa una gran responsabilidad: qué hacer con el ex coronel de Inteligencia Armando Manuel Hornos, testigo y potencial imputado en la etapa residual de la causa.
Según una nota aparecida en el portal Chaco Día por Día, Hornos es inimputable, basándose en un informe psiquiátrico realizado en junio de este año por el Servicio de Salud Mental del Hospital Perrando determinó que el ex jefe del Destacamento 124 de Inteligencia del Ejército, con asiento en Resistencia, se encuentra en estado de “involución senil de carácter permanente”.
De todas maneras, el militar retirado integra una lista de ocho testigos, junto con los ex detenidos Ricardo Fortunato Ilde, Eugenio Domínguez Silva, y Rodolfo Sabadini Cáceres quien fuera policía y ex diputado provincial.
Otra vez hubo problemas con los testigos, que no concurrieron a declarar. Como en la Causa Caballero, en la Masacre por Margarita Belén, testigos que no se presente será traído ante el Tribunal por la fuerza pública.
GRITO DE DOLOR
Lana, el primer testigo, superó el nerviosismo y pudo contar lo que vivió en la celda 3 de la Alcaidía la noche de la paliza en el comedor, cuando apalearon ferozmente a un grupo de detenidos entre los que se encontraban las únicas tres personas que él conocía allí.
Uno era Fernando Piérola, (íntimo amigo, habían compartido una pensión por calle Colón), Carlos Zamudio, (fue su celador en el Colegio Nacional en 1970), y Julio Andrés “Bocha” Pereyra, (compañero en la Facultad de Ingeniería).
Los gritos llegaban desde el comedor y Lana estaba solo en su celda, aterrado y víctima de una contradicción feroz; el miedo a mirar lo que pasaba y necesidad de espiar qué era lo que le estaban haciendo a sus amigos esa fatídica noche del 12 de diciembre de 1976 en la que “fueron muertos a palos”.
“Me quedó grabado en la memoria la voz de Carlitos Zamudio gritando de dolor” remarcó. A su antiguo celador lo vio volver del comedor a la celda 13 (en diagonal a la suya) “torcido por los golpes” y arrastrando las piernas. La noche anterior apenas había podido dormir porque no podía respirar.
“Únicamente en una camilla podría haberse escapado Carlitos Zamudio” afirmó, en referencia a la versión oficial que describe a la Masacre como un enfrentamiento para liberar detenidos.
Dijo que Fernando Piérola era “algo así como el muchachito a vencer” para los represores y que aún con un hematoma en la planta del pie, y “espantosas cicatrices en los tobillos”, siempre buscó protegerlo;
“Turquito vos vas a salir, no mirés nada, no hables con nadie” le decía. Después de mucho insistir accedió a contarle el origen de sus heridas: “Lo habían colgado de los tobillos con alambres en el Ejército”. Pese al dolor extremo, Piérola pensaba en el sufrimiento de su madre; “Que Amanda no se entere, que por tu boca no se entere” le exigió después de relatarle las torturas de las que fue víctima.
EL MIEDO
“No podría decir que fui detenido -contó Lana - porque yo me presenté en la Brigada cuando en mi trabajo me dijeron que me habían ido a buscar de Investigaciones”.
Cuando con sus 23 años apareció en la Brigada quedó detenido en el acto y se pasó 10 días encerrado en una oficina. En momento alguno le dijeron porqué lo buscaban. “¡Cantá todo!” le gritaban mientras le pegaban trompadas y patadas y le decían que tenían fotos suyas integrando “un movimiento Lino Torres en Bolivia”. Cuando le preguntaron por su relación con Fernando Pierola comprendió porqué estaba ahí. Después lo mandan a unos calabozos en la planta alta, donde estuvo hasta noviembre, cuando lo trasladan a la Alcaidía. Con posterioridad, supo que en la Brigada estuvo con Zapata Soñez y Yedro, ambos asesinados el 13 de diciembre.
Cuando lo liberan comenzó una etapa de ostracismo total. Era un paria que sufría la discriminación como resultado del estigma de haber sido encarcelado por razones políticas. También veía a sus antiguos captores, sobre todo en la facultad, donde le hacían saber que lo tenían vigilado y que lo mejor para él era callarse la boca.
En Ingeniería, fue compañero de estudio de Graciela Morresi, y “de una chica, Aída Ayala”. Las muchachas le insistían para que continúe los estudios, pero no pudo. “Una cosa es contarlo, pero otra vivirlo, podés tener frío, hambre, pero lo que no se puede aguantar es esa sensación, ese miedo como algo físico…”
MECÁNICOS DEL EJÉRCITO
Domingo José Esmay era suboficial mecánico del Ejército en los talleres del Regimiento de la Liguria. El 13 de diciembre se encuentra con la novedad de un camión Mercedes Benz 11.14 con el costado de la carrocería perforado por una balacera y uno de los parabrisas destruidos.
Del vehículo es todo lo que sabe, porque no lo revisó; lo suyo era la electromecánica del automotor, no la chapa y pintura.
Relató que el camión tenía los balazos en el costado izquierdo, “mirando al camión de frente”. (Contradice lo que contó el suboficial mayor Jorge Alfonso durante su declaración en la causa; “el camión estaba averiado al costado izquierdo, mirando desde la posición del conductor”).
Nunca vio oficiales manejando camiones, quienes lo hacían eran los soldados o los oficiales motoristas. Dijo que no recuerda haber visto una formación en el patio del Regimiento con la exhibición de cadáveres. Tampoco vio detenidos políticos.
El oficial mayor retirado Isabelino Galeano fue el último en declarar. Era mecánico motorista del parque automotor “Batería A” del grupo de Artillería 7 y no recuerda haber visto un camión con impactos de bala, porque su compañía no fue la encargada de reparar el camión utilizado el 13 de diciembre.
Galeano contó que “nunca hubo oficiales manejando camiones” y calculó en un metro y medio la distancia de la caja del rodado al piso.
Informe: Gonzalo Torres
Edición: Marcos Salomón