Todo está guardado en la memoria
Los testimonios escuchados ayer relataron el horror en la Brigada de Investigaciones. Torturas, vejámenes y golpes, el común denominador. Hoy, se realizará la decimotercera audiencia en el juicio por la Masacre de Margarita Belén.

Con las declaraciones de Carlos Daniel Souilhé, Daniel Enrique Ferracini y Jorge Migueles finalizó ayer la última jornada del juicio oral y público por la Causa Caballero antes de la feria judicial de invierno, para retomar las audiencias el 2 de agosto con la convocatoria a seis testigos.
A priori, la distancia asumida por Ferracini respecto del juicio generaba ciertas dudas, pero la fortaleza y contundencia demostrada por el testigo, sobre todo a la hora de responder preguntas, despejaron cualquier incógnita.
Fue detenido el 15 de mayo de 1976, cuando cursaba el tercer año de la Facultad de Ingeniería (carrera que quedó trunca tras la cárcel) y pasó cinco días en la Brigada de Investigaciones. “Cuando llego arriba, me golpean y picanean, después, me tiran al piso y me hacen de todo”, relató, reconociendo a los imputados Gabino Manader y José Francisco Rodríguez Valiente como sus torturadores.
En la “sala negra”, escuchó a la hoy diputada nacional Graciela de la Rosa pedir que no la golpeen porque estaba embarazada (Ferracini cayó preso justamente en la casa de la mujer). Pero, no hubo piedad: “Le ordenan que se baje el pantalón y se ponga en cuatro. Después, escucho un grito. Pero lo que me quedó grabado fue la carcajada” de los torturadores.
Más adelante, el abogado defensor José Oscar Gómez le preguntaría a Ferracini, ¿dónde le quedó grabada esa carcajada?, siendo que lo estaban torturando. Y la respuesta del testigo fue precisa y terminante: “En la memoria”.
INFIERNO PERMANENTE
La Brigada de Investigaciones “fue un infierno permanente”, caracterizó el testigo al centro clandestino de detención que hoy es la Casa por la Memoria de Chaco. “No había horario en el que se podía decir: se terminó la tortura”, completó frase.
Mientras sucedían los tormentos, José Marín, alias “Cabo Sotelo”, tocaba el acordeón, aún así, Ferracini pudo determinar que con Patricio Tierno –una de las víctimas de la Masacre de Margarita Belén- “hubo mayor ensañamiento, no podía ni pararse”.
Sometido a Consejo de Guerra, su propio abogado defensor alegó que “no creía en mi inocencia”. Pasa por la alcaidía policial y la U7 y, extrañamente, en 1977 lo llevan otra vez a la Brigada para volver a torturarlo, ésta vez en el sótano.
“Me ataron las cuatro extremidades a un camastro, me tiraron agua y me picanearon. Era ridículo. Querían saber las actividades que realizábamos en la cárcel”, declaró. A esa altura, sólo había firmado una declaración que no sabía lo que decía.
QUIRÚRGICO
Jorge Migueles, que se presentó como un cuadro político del gobierno provincial, es militante desde los 14 años, fundador de la JP en Goya y en Corrientes. Ya como médico cirujano, esos intersticios del destino hicieron que deba atender por una dolencia a la hija de Manader, uno de sus torturadores.
Detenido el 10 de mayo, estuvo desaparecido en la Brigada de Investigaciones durante 10 días, en la que lo torturaron con ferocidad y saña. Un día, lo sacan, lo llevan a “una casa cerca de la ruta, preparada por la tortura, donde me estaquean y me hacen dos simulacros de fusilamiento con la pistola en la cien”, recordó. Sólo pararon porque “me iba y me sangraba mucho la boca”.
“A mi me detienen con (Arturo) Franzen (víctima de la Masacre). A él, lo torturaron cinco veces más que a mí. Y a Tierno, diez veces más que a mí”, afirmó Migueles, mientras su padre, de más de 80 años, escuchaba entre el público. Tras la tortura, vendado y esposado, lo hacen firmar la declaración.
Mientras, el policía Ramón Meza, escuchaba de pie su declaración, y el militar Luis Alberto Petetta –a pesar de no ser nombrado- sugería preguntas a los defensores.
Ya en la U7, a Migueles lo visitan miembros de Inteligencia del Ejército, admitiendo que no tenían pruebas en su contra y dándole la opción de exiliarse en México, Francia o Brasil, a cambio de delatar a sus compañeros y a la diezmada organización Montoneros.
“Los cuadros de Inteligencia, tenían tal nivel de ignorancia política, que nos acusaban de comunistas, cuando la URSS era socia de la dictadura cívico-militar. Por eso, quedaron como perros a los que los abandonó el amo”.
TODO PRESO ES POLÍTICO
Abrió la decimosexta jornada de audiencias Mario Daniel Souilhé, que, visiblemente emocionado, realizó un análisis político de la realidad del país. Militante por antonomasia, cayó por primera vez preso cuando iba a 5º año del Colegio Don Bosco, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía.
Luego, cae preso varias veces más, entre ellas, el 30 de agosto de 1974. Lo llevan a una comisaría de Barranqueras. Antes del traslado, reconoce a Wenceslao Ceniquel (policía fallecido denunciado por crímenes de lesa humanidad): “Le grito tres veces Ceniquel, para que se de cuenta que lo reconocí”. Trascartón, ya preso: “Me pisaron la cabeza, me golpearon, me realizaron un simulacro de fusilamiento, me orinaron, sin preguntarme nada, durante 36 horas”.
Luego, lo llevan a la Brigada, donde permanece menos de una semana. Más tarde, a la alcaidía, la U7, Rawson, cárcel donde “el sistema era no tener sistema. Te ordenaban cerrar la ventana y, luego, por acatar la orden, te encerraban en un calabozo lleno de agua por 30 días y desnudo”, rememoró.
Para Souilhé, “Inteligencia del Ejército no tenía mucha estructura para hacer inteligencia, lo hacía la policía provincial, es decir el trabajo de campo y recabar datos, después se los pasaba al Ejército que centralizaba la información”. La estructura policial, acostumbradamente vertical, tenía aristas: “Meza era el jefe de policía, pero estaba pintado todo lo manejaba Ceniquel”, añadió.
Así finalizó, la decimosexta audiencia del juicio oral y público por la Causa Caballero, que entró a cuarto intermedio por el receso de invierno hasta agosto.