16/07/2010 - Masacre de Margarita Belén - Juicio oral – día 14
La lista de la muerte
Se la entregó un SPF a Jorge Giles, anticipando los nombres que iban a ser fusilados en la Masacre de Margarita Belén. El testigo lo contó ayer, durante su declaración. También dieron su testimonio: Eusebio Esquivel, Juan Carlos Goya y Jorge Migueles.
“No seas tan botón”, le pidió irónicamente el escritor Miguel Molfino al abogado defensor Carlos Pujol. Comenzó el juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén y los querellantes Mario Bosch y Ataliva Dinani llegaron tarde y apresurados, para el último día de audiencias previo al receso invernal.

Declararon: Jorge Giles, Eusebio Esquivel, Juan Carlos Goya y Jorge Migueles (ya lo había hecho por la Causa Caballero), en ese orden, con cruces entre las partes y con el público –que abarrotó la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal- metido de lleno en el debate.

Abrió el fuego un claro y preciso Jorge Giles, ayudado por su experiencia como periodista y escritor. Relató las últimas horas de las víctimas de la Masacre, que fueron sacadas de la U7, para llevarlos a ser torturados en la alcaidía policial, subidos a un convoy militar para ser trasladados a Formosa, y fusilados en el camino, cerca de Margarita Belén, fraguando un intento de fuga, un 13 de diciembre de 1976.

LA LISTA
A Giles, en realidad, lo arrestan en el interior provincial, en Villa Ángela, en abril de 1975. Luego de torturarlo lo llevan a la alcaidía de Sáenz Peña, de allí a la Brigada de Investigaciones, donde sufrió más torturas, para después pasarlo a la alcaidía de Resistencia y finalmente a la U7.

Mucho antes de diciembre, los presos políticos alojados en el penal federal ya sabían analizaban el peor de los escenarios, por tres razones:

1. Por una radio, escondida clandestinamente, se habían enterado de fusilamientos de presos políticos aplicando la Ley de Fugas.
2. Lo trasladan a Néstor Sala a Formosa, en el camino lo torturan y lo devuelven a la U 7.
3. Traslado del misionero Miguel Sánchez en el baúl de un automóvil. Tiempo después, entregaron el cadáver a su familia (relato ya conocido por otros testigos).

Pero, en realidad, el dato preciso lo dio un suboficial del Servicio Penitenciario Federal, quien le entregó a Giles un papel con la lista de presos políticos que iban a ser ejecutados, en una fecha aún no precisa, esquela que en la jerga carcelaria se denomina “paloma”.

El listado, de más de 20 personas, era encabezado por Sala y el propio Giles, así como también Aníbal Ponti, figuraba en la nómina. Sin embargo, ambos se salvan del traslado.

LA DESPEDIDA
Ese fatídico domingo 12 de diciembre, el Ejército rodeó la U7 e, inesperadamente, llegó el oficial Casco, de la guardia dura, que no debía estar de turno. Fue el propio SPF el que dio la noticia. Y fue Giles quien debió despertar a Sala, que estaba durmiendo la siesta en su celda, para comunicarle el traslado.

Antes de que los trasladados abandonen el pabellón, el testigo junto con Miguel Bampini trataron de pedir explicaciones. Pero no hubo respuesta, la orden estaba dada y el macabro plan de traslado ya estaba pergeñado.

Y fue en ese momento, en que se produce la histórica despedida de Sala: “Compañeros, sé que este no es un traslado más, es un traslado hacia la muerte. Les pido que le cuenten a mis hijos, a mi esposa, a mi pueblo que muero con dignidad”. Entonces, grita, la famosa frase de José de San Martín: “Libre o muertos, jamás esclavos”.

Entonces, los presos políticos llenaron la U7 con la Marcha Peronista, mientras veían como Sala se iba saludando con la V de la victoria. “No había sensación de miedo, sino de perdida”, recordó Giles, visiblemente emocionado.

EL DESPUÉS
La noticia del supuesto enfrentamiento del 13 de diciembre, se enteran por la radio clandestina, sintonizando una emisora brasileña: “Cada uno había perdido 10, 20 kilos, no estábamos en condiciones

Más adelante, Giles tuvo la oportunidad de denunciar la Masacre ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). También lo intentó hacer ante el ex juez federal de Resistencia Luis Ángel Córdoba, pero éste se limitó a decir: “No es mi competencia”.

Ya en democracia, con las leyes de impunidad y los indultos mediante, llevó la denuncia ante el juez español Baltasar Garzón. Durante la ronda de preguntas, uno de los fiscales, dejó la sala antes de ser que lo consuma la testarudez.

El final fue con aplausos (incluido el irónico Horacio Losito, imputado en la causa). Y mientras Giles se abrazaba emocionado hasta las lágrimas con el ex preso político Carlos Aranda, la mujer del militar le cantaba al testigo en voz baja: “Ahí va Pinocho malherido…”, pero ya era demasiado tarde para lágrimas.