17/06/2010 - Masacre en Margarita Belén - Juicio oral – día 6
“¿Por qué mataron a mi hermano?”
Se lo preguntó ayer una testigo a los nueve imputados. Se trata de la misionera María Graciela Franzen, hermana de Luis Arturo, una de las víctimas de los fusilamientos del 13 de diciembre de 1976. Las audiencias se retoman el próximo martes.

Para entender la jornada de ayer en el juicio oral y público por la Masacre en Margarita Belén se debe comenzar, en realidad, por el final de la audiencia: “¿Por qué mataron a mi hermano? Si era un ejemplo de vida, de esos que hoy tanto hace falta”, les increpó, entre lágrimas, María Teresa Franzen a los nueve imputados, mirándolos a la cara.

María Teresa es hermana de Luis Arturo Franzen, una de las víctimas del fusilamiento de presos políticos, cerca de Margarita Belén. Su declaración testimonial sirvió para conocer más acabadamente su propia historia como presa política, la de una familia perseguida y, en particular, la de “Totito”, como le decían en la intimidad.

Para graficar parte de lo que fue Arturo, la mujer mostró el guardapolvo de su graduación como perito mercantil de la Escuela de Comercio (nocturna) de Posadas: un dibujo de Mafalda pintado en la espalda, adelante: la consigna “Perón volvió” (fue uno de los que estuvo en Ezeiza), una bandera argentina y debajo de ésta el símbolo de la paz.

Afuera, frente al edificio del Tribunal Oral Federal, en la plaza central de la ciudad, el pueblo festejaba la goleada de Argentina sobre Corea del Sur en el Mundial de Sudáfrica. En la sala, casi vacía, en contraposición con la quinta jornada en la que estuvo desbordado –con gente que no pudo ingresar-, los imputados volvieron a cambiar sus posiciones y siguieron la testimonial con atención y sin expresar mayores emociones.

RECUERDOS DE LA MUERTE
María Teresa se entera de la Masacre del 13 de diciembre de 1976 por los diarios, estando presa en Villa Devoto (Buenos Aires). “Jamás imaginé que Arturo podía estar entre las víctimas, porque estaba blanqueado, a disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional)”.

Lo que sí quedó en claro para las presas políticas es que “no se trató de un enfrentamiento sino de un fusilamiento, porque era imposible escapar de un traslado”, contó.

El misionero se había refugiado en Resistencia –se resistió al exilio en Brasil-, trabajó como electricista hasta que fue detenido en la calle el 10 de mayo de 1976. Su madre lo pudo visitar dos veces: una vez en sede policial (“cuando Arturo la abrazó y miró a su alrededor vio el radiograbador y un velador que le habían robado”, contó María Teresa) y otra vez en la U 7.
Los Franzen se enteran de la muerte de Arturo justo después de que el padre terminara de tramitar un permiso para visitarlo: “Se burlaban de nosotros”, se enojó la testigo, que recordó que, cuando ya se sabía de su fallecimiento, en Villa Devoto se entrevista con Leopoldo Fortunato Galtieri: “Le digo mi nombre y me pregunta por mi hermano, a lo que yo le grité: ¡Ustedes lo mataron. Ustedes son los asesinos!”.

Luego, el padre y una de las hermanas vinieron a Chaco a retirar el cuerpo –se lo entregaron a cajón cerrado y sin posibilidad de abrirlo- junto con la familia de Manuel Parodi Ocampo –otra de las víctimas de la Masacre-.

Arturo y Manuel fueron velados con una misa oficiada por un sacerdote jesuita –que posteriormente tuvo que abandonar el país-, despedidos por una multitud, a pesar de las estrictas medidas de seguridad.

FAMILIA PERSEGUIDA
Los Franzen son una familia muy religiosa (de jóvenes todos pasaron por la Acción Católica) y si bien los padres no eran peronistas, todos los hermanos se sumaron a las ideas de Perón, sobre todo a partir del trabajo de base en barrios, hospitales, escuelas.

A los 14 años, Arturo ya trabajaba en el Correo para ayudar a los padres: “Mi papá tenía un trabajo casi esclavo” como mayordomo en la residencia del gobernador.

Militante de base, el primer mal trago fue en 1975, cuando “una patota encabezada por Marcelo Quirelli, entonces presidente de la Legislatura provincial, se llevó la máquina de escribir el mimeógrafo y quemó todas las fichas de afiliación y papeles que encontraron”.

Luego, vino el primer allanamiento a la casa. Arturo no estaba. Se llevaron a toda la familia: “A mi papá le hacían escuchar cómo me torturaban, después a mí, cómo torturaban a mi padre. En otra celda, mi hermana de sólo 17 años escuchó todo”.

PROPIA EXPERIENCIA
Como presa política, María Teresa tuvo que soportar varios traslados: de “La casita de los mártires” al Departamento de Información de la Policía, de aquí a la alcaidía para mujeres y de allí a Villa Devoto, donde la dictadura le otorga la opción de salir del país, exiliándose primero en España y después en Brasil.

Querellantes y fiscales usaron esa experiencia de traslados para mostrar que había golpizas durante cada movimiento de presos políticos y la imposibilidad de escapar, tal como marca la historia oficial en el caso de la Masacre en Margarita Belén.

“Los traslados siempre eran a cualquier hora, esposados, con los ojos vendados, incluso encapuchados con bolsas atadas al cuello. Te llevaban a los empujones, a las piñas y patadas. Cuando llegabas a destino te daban el ‘ablande’, es decir te recibían igual que como te despedían”, rememoró.

También contó que participó de traslados mixtos, es decir hombres y mujeres, y que los presos iban encadenados entre sí. “Los traslados siempre eran para tener miedo, porque no sabías se te iban a matar”, precisó.

Por Marcos Salomón