18/08/2010 - Masacre de Margarita Belén-Día 19
Hugo Barúa: “Fusilaron a morcillas humanas”
Así lo afirmó el ex preso político. El enfermero de la policía Blas Verón contó que vio una decena de cadáveres en el Regimiento de la Liguria, durante las pericias médicas. Hoy declaran Luis Albano Rossi, Antonio Zárate y Ricardo Vassel.
Tras el fin de semana largo, la reanudación del juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén avanzó expeditivamente; por cuanto del listado original de ocho testigos, sólo se presentaron tres a declarar.
La audiencia comenzó con los testimonios de lo “Ramones”: Ramón Barúa y Ramón Luque, ambos detenidos por razones políticas en la Alcaidía. Y el enfermero policial Blas Verón dio el cierre con una titubeante declaración, en la que contó lo que vio en un galpón del Regimiento de la Liguria: diez cuerpos en hilera sobre el piso, cada uno con entre cuatro y cinco tiros cruzándoles el pecho.

En el banquillo de acusados, los nueve imputados, un comisario y ocho militares, escucharon atentamente los testimonios en la fecha en que se cumplen 160 años de la muerte de José de San Martín, prócer libertador del cono sur que una vez dijo: “La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene (…) La Patria no es abrigadora de crímenes."

Comenzó en la Alcaidía.
Barúa, presidente de la “Asociación de ex detenidos políticos durante la última dictadura cívico militar Padre Brisaboa”, habló tranquilo y con claridad y hasta se permitió la osadía de “mojarles la oreja” a los nueve imputados que lo escuchaban: “Que me disculpen los cerdos, pero esta piara de Lavalles nunca va a tener la altura ni la dignidad de los Dorregos que torturaron e hicieron desaparecer”, ironizó. Contundente, afirmó: “La masacre comenzó en la Alcaidía, fusilaron morcillas humanas, porque no se puede aguantar tanto castigo”.

La noche del 12 de diciembre de 1976, el testigo vio a Octavio Ayala, jefe de la guardia más dura de la alcaidía, junto con los oficiales “Mono” Monzón y Juan Ramón Rodríguez Valiente, que comenzaban a llamar o mandar a buscar a detenidos cuyos nombres leían de una planilla.
Las luces de las celdas fueron apagadas en su totalidad y solo permanecieron encendidas las del pasillo del pabellón donde los presos tenían prohibido mirar. “A eso de las 9 de la noche comienza a escucharse el castigo”, contó Barúa, acompañado desde el público por toda su familia.
“Fue tremendo. Con los presos sociales calculábamos que habrán sido como cinco horas castigo sin parar”, precisó.
Al finalizar, Barúa recordó un dialogo del oficial Vitorrello, de la guardia de la alcaidía -“¿Viste lo qué pasó?”, preguntó a otro oficial.
-“Al ‘Corto’ lo cortaron”, respondió sin esperar que su interlocutor diera una respuesta. El “Corto” era Reynald Zapata Soñez, militante oriundo de Entre Ríos asesinado en la Masacre junto con su compañera Emma Beatriz Cabral.

Cadáveres en La Liguria.
Después de los testimonios de Barúa y Luque le llegó el turno al enfermero de la policía (jubilado) convocado por la defensa. Verón declaró cerca del medio día en una sala de audiencia semivacía y por momentos se lo vio titubeante, sobre todo al describir el estado y la cantidad de los cadáveres a los que se les practicó una serie de exámenes médicos, no una autopsia, como se encargó de resaltar la jueza y presidenta del Tribunal Oral Federal, Gladys Yunes.
Presenció cómo el médico de guardia, “el doctor Saénz”, examinó un grupo de cadáveres del “enfrentamiento”, a pedido del Ejército. “Me fue a buscar en dos ocasiones el mismo día, siempre por la mañana antes del almuerzo. La primera vez vi 4 ó 5 cuerpos, y la segunda otros 4 ó 5”, contó Verón, a quién los militares que estaban todos de fajina y presentes en esa oportunidad - no recordó sus nombres - impidieron acercarse o tocar los cuerpos.

“Pudo haber estado el doctor Grillo presente”, concedió.
Los cadáveres estaban en hilera sobre el piso, vestidos, con heridas en el pecho, cuatro o cinco por cadáver. “Todos los que recuerdo eran masculinos, no vi orificios de salida, y algunas heridas pudieron ser por la espalda”, indicó el enfermero.
En ocasiones similares, al momento de constatar un “occiso”, Verón participaba en el trámite administrativo de “registración” de las pericias. Sin embargo, en esta ocasión, él no hizo nada de eso, ni le consta que otro enfermero lo haya hecho. El enfermero Rodolfo Gómez trabajaba con él, pero cree haber sido el único enfermero que acompañó al doctor Sáenz.

La fuga imposible.
Ramón Luque, detenido en junio de 1976, mientras hacia el servicio militar, después de pasar tres meses en la Brigada de Investigaciones, es trasladado a la alcaidía, “Más que recuperar detenidos era una situación de aniquilamiento”, recordó. Nunca antes había declarado, en la sala seguían sus palabras su familia y los hermanos Camilo, Lucas y Alejandro Segovia, hijos del inolvidable Zitto.
“El 12 fue un día inusual, después de la cena comienza una golpiza infernal. Se escuchan gritos, órdenes y contraórdenes. Después se escuchan ruidos de motores Diesel, característicos del Ejército”, añadió.
Refirió que por lo que pudo escuchar, los militares se concentraron en el comedor, donde sucedió el apaleamiento, y negó cualquier posibilidad de una fuga “por la cantidad y la duración de los golpes”.
Cuando terminaba su declaración contó el caso de un empleado de Vialidad Provincial de apellido Domínguez, que le dijo haber presenciado la Masacre mientras se encontraba cazando cerca de un riacho que atraviesa la zona.
Dos veces rescató la figura de Zitto Segovia: “Él lo guardó a Luis Franzen en algún lugar de Villa Libertad y mostró solidaridad en un momento en el que nadie lo hacía” relató.