23/08/2010 - Causa Caballero
Corrientes te va a ayudar: los que vieron al matrimonio Morel
Los hermanos Adolfo y Juan Pedro Coronel, oriundos de Bella Vista; Mario Pezzelato y Víctor Hugo Arroyo, de Goya, fueron los cuatro correntinos que declararon este lunes en el juicio oral y público por la Causa Caballero.

Pero ninguno estuvo detenido en alcaidía policial ni en la Brigada de Investigaciones (la causa justamente se centra en las torturas cometidas en ambos lugares entre 1974 y 1979). Por lo que estuvieron 10 minutos, el que más, y 4 minutos, el más breve.

El dato clave en sus testimonios casi pasó desapercibido: todos habían visto o conocido al matrimonio de Pedro Morel y Sara Fulvia Ayala –incluso, uno de los testigos conoció a la pequeña hija de ambos, cuando tenía 8 meses-. Treinta y tantos años después, esa pequeña, hija del matrimonio de Pedro y Sara Fulvia, escuchaba entre el público del juicio por la Causa Caballero.
La desaparición de los Morel forma parte del denominado “juicio residual” por la Causa Caballero.

Son siete los testigos para la jornada
Se retoma hoy la Causa Caballero con la declaración del escritor Miguel Molfino

23/08/2010 - La audiencia comenzará a las 8.30, como es habitual, y se esperan las declaraciones de Víctor Hugo Arroyo, Mario Horacio Pezzelato, Juan Pedro Coronel, Adolfo Adrián Coronel, Antonio Heraldo Prieto y Roberto Antenor Gaúna.

El juicio denominado “Causa Caballero”, que investiga delitos de lesa humanidad cometidos en la Brigada de Investigaciones y la Alcaidía de Resistencia, durante 1975 y hasta la vuelta de la democracia, tendrá hoy como testigo al periodista y escritor Miguel Ángel Molfino, quien se encargará de narrar acerca de lo que le tocó vivir durante la última dictadura militar en el Chaco.

Para hoy también se esperan las declaraciones de Víctor Hugo Arroyo, Mario Horacio Pezzelato, Juan Pedro Coronel, Adolfo Adrián Coronel, Antonio Heraldo Prieto y Roberto Antenor Gaúna, y la audiencia iniciará, como es habitual, a las 8.30 en el Tribunal Oral Federal. La asistencia está abierta a la ciudadanía al ser un juicio oral y público y las declaraciones de quienes estuvieron detenidos en la Brigada de Investigaciones, (el cual fue un centro clandestino de detención, ya que allí estuvieron “desaparecidos”), con el correr de los días complica cada vez más a los acusados a quienes identifican como sus captores y torturadores por sus apellidos.

De los datos para destacar, resalta el de quien se hacía llamar Cabo Sotelo, (Marín), que se encargaba de ejecutar un acordeón para, de alguna manera, “tapar” los gritos de quienes eran torturados en el edificio en el que hoy en día se ubica la Casa de la Memoria.

El reconocimiento de las celdas, calabozos y hasta sótanos en los cuales eran alojados y torturados los detenidos también va cobrando solidez ya que varios de quienes declararon estuvieron en esos lugares donde padecieron el cautiverio.

Pero también se busca conocer sobre los responsables de las constantes golpizas que se producían en la Alcaidía de Resistencia. Allí aparecen los apellidos de Galarza y Roldán, (los más mencionados), como los que se encargaban de atormentar a los presos, estando en la guardia del temido oficial Octavio Ayala.

Dentro de la sala
Si bien corresponde a otra causa, en este sentido la golpiza más lamentable y la que más partícipes tuvo es la que se produjo el 12 de diciembre de 1976, (la noche antes de que se traslade a los presos políticos antes de fusilarlos en Margarita Belén), y que duró entre 3 y 5 horas.

Dentro de lo que sucede específicamente en la sala, se destacan los encontronazos producidos entre los abogados defensores y el tribunal, presidido por Víctor Alonso, ante, a veces, las preguntas consideradas fuera del objeto de la causa o que no tienen que ver en sí con lo que se está tratando de investigar.
23/08/2010 - Causa Caballero .Juicio oral – día 22
“Escupí el demonio”
Es lo que le gritaba José María Cardozo a Miguel Ángel Molfino mientras era torturado. Durante dos horas, el escritor, periodista y publicista recordó sus días en el infierno. Mínimos testimonios correntinos.

Si bien la audiencia debate por la Causa Caballero fue tranquila y ágil, se puede decir que fue extraña: juntó a un bicho de ciudad del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), periodista, publicista, escritor; con campesinos correntinos de Ligas Agrarias que continúan ligados al campo en Bella Vista y Goya.

Abrió el fuego Miguel Ángel Molfino, que viene de presentar su último libro Monstruos Perfectos. A su izquierda, en diagonal, toda la familia Molfino en pleno, hasta el “más pequeño”: Martín Amarilla Molfino, el nieto recuperado Nº 98, hijo de los desaparecidos Gustavo Amarilla y Marcela Molfino.

En otra hilera de sillas, estaba la correntinada –que espera ansiosa el inicio del juicio por crímenes de lesa humanidad en Goya-. Llenó un sector de la sala de audiencias para venir a apoyar a los testigos: Adolfo y Juan Pedro Coronel, Mario Pezzelato y Víctor Hugo Arroyo.

FAMILIA
Refugiado detrás de los anteojos y estrujando un papel –tipo ayuda memoria- que nunca leyó, Molfino comenzó jurando por “los compañeros muertos y desaparecidos”, con su brazo derecho extendido hacia abajo, como apoyando su mano en una imaginaria ¿Biblia? ¿Constitución? o tal vez sobre ¿la memoria colectiva?

Ante la pregunta de rigor si conoce a los imputados, respondió: “Sí, como torturadores”. Y antes de comenzar su relato individual, hizo una breve reseña de la tragedia familiar: “La familia Molfino fue especialmente masacrada”.

Su madre: asesinada en España en el marco del Plan Cóndor. Su hermana y cuñado (Marcela y Gustavo, padres de Martín, que los lleva impresos en su remera) continúan desaparecidos. Sus otros hermanos y cuñados estuvieron presos y/o se vieron forzados al exilio. Perseguidos por doble vía: la militancia en el ERP y la vinculación con la JP Regional 4ª, Montoneros.

Familia, y él mismo, que conocieron la delación de personas supuestamente conocidas, amigas o, incluso, un novio: Julio César Marturet (que perdió su cargo como funcionario público en Misiones al descubrirse este año que fue personal de Inteligencia del Batallón 601).

DETENCIÓN
A Miguel Ángel lo detienen el 23 de mayo de 1979, tomando un café con el arquitecto Eduardo Buticce, en un bar cerca de Congreso. “No entiendo, si estábamos tomando un café con Blancanieves y te metían en cana, hasta Blanclanieves iba en cana”, ironizó, sin que haga falta aclaración alguna.

Tenía orden de captura desde hacía cuatro años, cuando dejó Resistencia porque lo había amenazado la Triple A, que le voló el auto. Prueba suficiente de que debía emigrar. Así Molfino terminó en Buenos Aires, donde fue arrestado y llevado a la Comisaría 3ª: “Me alojaron en el sótano, que ya era la 7ª, creo, un centro clandestino de detención, pero no es ésta causa”.

Allí, entre otras cosas, le practicaron el “submarino”, hundiéndole la cabeza en un “tacho con mierda y meada”, contó. Y lo encierran en un calabozo, con una leyenda escrita con sangre: “Mañana voy a estar en el cielo”.

En avión de línea, esposado y con dos custodios, lo traen a Resistencia. Lo alojan en la alcaidía policial, en un calabozo donde “veo escrito Ale, con letra de mi hermana”. Trata de nombrar abogado a “Peco” Tissembaun, pero por los aprietes termina con Soria Ojeda como defensor.

LA (IN)JUSTICIA
Ya ante la Justicia Federal, “veo al bufón judicial (Domingo) Rescka. Cuando me entrevisto con (el ex fiscal Carlos) Flores Leyes, asoma el cuerpo (el también ex fiscal Roberto) Mazzoni y le dice: a este hay que darle con todo, mientras Flores Leyes guardaba en el cajón una pistola que dejó sobre su escritorio”.

A ambos los conocía de un lustro atrás, cuando realizaba denuncias contra la Patota de la Brigada de Investigaciones. Y Flores Leyes, le anticipó el infierno que le esperaba: “Otras veces te salvaste, ahora te van a hacer papillas”.

A pesar de ese escenario, consigue la libertad. Lo iban a largar a la medianoche, lo que no era una buena noticia. La orden queda interrumpida, porque Molfino pasa a disposición del Área Militar 233, con destino la Brigada de Investigaciones. Soria Ojeda, su abogado le dice: “Si (el comisario Carlos) Thomas te mortifica, haceme llamar”. “Qué les iba a decir mientras me torturaban: llamá a mi abogado. Me iban a dar más”, recordó.

Y así, llegó a la temida Brigada, sobre calle Juan B. Justo, donde lo esperaban sus ya conocidos, entre ellos el imputado Gabino Manader “que era la encarnación del mal”, describió Molfino!”.

Molfino ya los conocía, porque antes, entre 1973 y 1974, era corresponsal en Resistencia del diario de izquierda El Mundo, con oficinas sobre Juan B. Justo, a dos cuadras de la Brigada. Ya entonces, lo iban a buscar por averiguación de antecedentes y le aplicaban golpes en el torso, pero nada como lo que iba a venir después.

EL INFIERNO
A pesar de las dificultades para escucharlo, por problemas de sonido en la audiencia
-también hubo problemas con el audio de los abogados-, Molfino contó así su llegada a la Brigada: “Si hay un infierno, ésta era la entrada”. Y su entrada, no fue con chamamé de José Marín, alias “Cabo Sotelo”, sino al ritmo de Zorba, el griego.
Lo primero que escuchó fue “el grito de alegría animal” de Thomas –el fallecido mandamás de la Patota-. “Acá está Molfino”, gritaba Manader. “¿Por qué tiembla este hombre?”, preguntó con sorna.

“La tortura era un frenesí sin preguntar nada”, graficó Miguel Ángel. “Ya la organización (ERP) estaba diezmada, no existía. Pero, “querían destrozarme. Había una perversión por golpearme. Y no entiendo esa obsesión de picanear en los genitales y en el ano”.

Por suerte, para no terminar en el infierno, tenía el exorcismo de la propia policía: “(José María) Cardozo me decía escupí el demonio”. Lo obligaban a rezar. Éste policía, “usaba un perfume barato que era un asco. Y el olor horrible, traía hombre horribles”, señaló Molfino, que para ese entonces había agudizado la capacidad olfativa y auditiva, hasta que “Manader, de un telefonazo, me rompió un tímpano”.

Sin perder su dignidad, masticando cada palabra, recordó la conversación de dos carceleros: “Los subversivos son todos putos”. Acto seguido, “me metieron un palo por el culo”.
Lo reconoció Campos, que estuvo en la U7 cuando trasladaron a las víctimas
Martínez Segón, implicado en la causa de Margarita, fue defensor de un testigo en el Consejo de Guerra
20/08/2010 - La cita corresponde al ex preso político Jorge Campos, que fue preso durante la dictadura militar y permaneció en la Unidad 7 de Resistencia cuando trasladaron a las que luego fueron algunas de las víctimas de la masacre en Margarita Belén.


Ayer se presentó como testigo en la causa que investiga el fusilamiento de más de 20 presos políticos el 13 de diciembre de 1976, conocida como Masacre de Margarita Belén, y por el cual están implicados ocho ex militares y un ex policía de la provincia, Jorge Campos, que actualmente es empleado municipal, y la frase fue la respuesta a una pregunta realizada por uno de los abogados de los defensores, porque Campos manifestó que el día antes de la masacre, cuando se sacaron a algunos detenidos para un supuesto traslado, notaron la presencia del ejército en las inmediaciones de la U7, (donde él se encontraba preso), más precisamente sobre las pasarelas donde se encuentran las garitas de los guardias.
“¿Cómo era el uniforme militar que observó?”, fue la pregunta, a lo que dijo simplemente que era verde y cuando se pidió la especificación sobre cómo reconoció que era gente del ejército, refirió que conocía el uniforme porque “acá se encuentra presente quien fue mi defensor en el Consejo de Guerra, Martínez Segón”, nada más y nada menos que uno de los implicados en la causa y que hoy se sienta en el banquillo de los acusados. Fue en este momento tan particular en que la sala entera no pudo contener la risa por la sinceridad y claridad del testigo ya que no se esperaba semejante respuesta.
Los consejos de guerra se realizaban durante la dictadura militar específicamente a los presos políticos mediante los cuales generalmente se los condenaba por delitos que ignoraban o bien por cuestiones poco claras. De quienes declararon en la Causa Margarita Belén y estuvieron detenidos en aquella época, la mayoría estuvo sometido a estos enjuiciamientos y por los cuales se los condenaba hasta por 20 años de prisión en algunos casos, aunque con la llegada de la democracia, en 1983, estas sentencias quedaron totalmente nulas.
De hecho, a Campos se le aplicó un Consejo de Guerra en julio de 1979, un mes después de haber sido liberado. En esta oportunidad se le informó que se encontraba a disposición del Área 233 y fue conducido hasta la sede del Regimiento de La Liguria, donde un grupo de militares lo enjuició.
Mucho antes de este acontecimiento, el testigo comenzó su relato comentando que estuvo detenido en la Brigada de Investigaciones, donde sufrió las torturas y el tormento junto a Tierno, Franzen, Parodi Ocampo y Cuevas, todos ellos luego víctimas de la masacre y con el correr de su declaración, las ansias y quizás los nervios mismos por recordar situaciones pasadas que fueron del todo tormentosas, es que Campos mientras agarraba el micrófono con la mano derecha se refregaba constantemente la pierna izquierda con la otra mano.
Según indicó, las mismas personas antes nombradas fueron a las que se las sacó de la U7 el 12 de diciembre para ser “trasladadas”, y del pabellón Nº 4 a Duarte, también asesinado, en tanto que Cuevas caminaba con dificultad por haber sido herido de bala en una de sus piernas.
Campos fue el segundo en declarar durante la jornada de ayer, antes lo había hecho Julio Cossi,o detenido en 1975 y que también estuvo en la U7 el día que trasladaron a los presos políticos. Su testimonio fue bastante emotivo, lo que quedó claro cuando realizaba largas pausas antes de recordar lo que le tocó vivir.
“Es muy probable que termine en la muerte”, le había dicho Néstor Salas, que se encontraba en el Pabellón Nº 1 aquel 12 de diciembre de 1976, en tanto que de otros pabellones salieron Tierno, Barco y “el Negro” Duarte. Días posteriores, logró completar la lista de quienes fueron sacados de allí con el nombre de Parodi Ocampo.
Con estas declaraciones iban tomando protagonismo cada vez más los familiares de los acusados, como los mismos implicados en la causa, que negaban o asentían ante lo que escuchaban. Lo que aparentemente no podían creer eran las condiciones en que se realizaban los traslados, que, para el testigo y con semejante rigurosidad, “no creo que haya un delirante que haya intentado una fuga”, ante la pregunta de esta posibilidad por parte de la defensa.

La Bemba y Losito
Pero lo que aparentemente terminó de sacar de las casillas a Horacio Losito, (uno de los acusados), fue la explicación y el ejemplo que el ex detenido dio con la palabra “Bemba”, que en la jerga carcelaria significa rumor, o bien un trascendido que se puede llegar a escuchar en el penal y que corre de boca en boca de los presos.
Es que Cossio puso el siguiente ejemplo: “Supongamos que corre el rumor de que afuera hay un jugador de fútbol que `la rompe´ y que se llama Maradona”, eso es una “bemba”, una información que no es oficial pero que es escuchada y reproducida por varias personas. En este momento el bigote del acusado pareció abrirse en dos y dejó ver la boca y los dientes de un Losito que pocas veces muestra algún gesto particular, en una carcajada casi muda, tal vez porque esperaba quizás otro ejemplo que no tuvo.

Amenazada para no hablar
Sorprendió a toda la audiencia también el testimonio del tercer testigo de la jornada de ayer: Norma Godoy, que tuvo que renunciar en 1981 a su trabajo por las amenazas que recibía, ya que conoció acerca de un episodio “raro” en el cementerio donde prestaba servicio. El 15 de diciembre de 1976, quien era su capataz, un hombre de apellido Centurión, (hoy fallecido), comentó que fueron ingresados durante la madrugada cuerpos en bolsas plásticas y otros en cajones y que fueron enterrados esa misma noche, traídos por personal militar.
Según indicó, los mismos se encontrarían en la Sección G, Nº 12 y 8 del cementerio pero al poco tiempo del hecho, aseguró que hubo un militar de apellido Juárez y apodado “el negro”, que constantemente concurría para vigilar y controlar hasta de lo que hablaban los empleados.
Sin embargo, impactó aun más lo que manifestó al tribunal acerca de una persona que trabajaba con ella y que hoy en día estaría desaparecida, porque nunca más supieron su paradero. Se trata de Carmen Ferreira, apodada “Pelusa”, de quien primero desapareció su esposo y luego ella, todo esto tras aquel episodio en que trajeron los cuerpos.
Finalmente fue el turno de Daniel Hipper, este carpintero de 64 años que si bien no recordaba haber declarado en la causa ante el juez federal Skidelsky en 2005, luego de que se le haya mostrado la firma del documento, rememoró, aunque algunas cosas con menos precisiones, algo que justificó porque refirió haber sufrido un accidente cerebro vascular.
Cerca de las 13.30 concluyó su declaración, en medio de fuertes encontronazos entre las partes y que finalmente tuvo una salida considerada como la más adecuada, por parte del fiscal Germán Wiens Pinto, quien manifestó que por la condición de salud, y teniendo en cuenta que ya había declarado ante un juez, se termine con su testimonio, algo que el tribunal también aceptó y el testigo se retiró de la sala. La audiencia pasó a un cuarto intermedio para el día 26 de agosto próximo.

20/08/2010 - Causa Caballero: Juicio Oral - Día 21
“El Cabo Sotelo organizó una orgía con detenidas”

Lo dijo el periodista Luis Alarcón. Aclaró que las mujeres fueron obligadas al aberrante acto en la Brigada. También declararon Luis Albano Rossi y José Luís Núñez. El lunes continúa la causa con el testimonio de Miguel Angel Molfino y seis testigos.

La vigésimo primera jornada del juicio oral por la Causa Caballero, fue ágil como nunca antes. Declararon tres “Luises” todos ex detenidos por razones políticas: comenzó Rossi, con una prolija descripción de su detención en la Brigada y la Alcadía; siguió Núñez, que habló sobre lo que le contaron en la U7 los presos que llegaban desde la Brigada, y cerró el periodista Alarcón, que relató los abusos de José Marín –alias “Cabo Sotelo”- a grupos de mujeres detenidas y cómo desde el Poder Judicial se legitimó el terrorismo de Estado.

No hubo cruces ni descarga de artillería entre querella – fiscalía, defensa y juez, es más, hasta la declaración de Alarcón casi no hubo preguntas. Rossi habló y fue desocupado sin consultas ni pedidos de “aclaraciones” de ningún tipo y Núñez, con un impresionante parecido al diputado Carlos Martínez, declaró en 10 minutos y fue interrogado una sola vez.

El testimonio del correntino José Luis Núñez fue el más breve de la jornada y posiblemente, de toda la causa: en 10 minutos contó lo que pudo escuchar sobre la temible Brigada en los dos años que estuvo detenido en la U7. “Todos contaban que el trato era humillante, y los torturadores más nombrados eran Manader y Thomás”, acotó.

La causa continuará el lunes, cuando se reiniciarán los debates con los testimonios de Víctor Hugo Arroyo, Mario Horacio Pezzelato, Juan Pedro Coronel, Adolfo Adrián Coronel, Antonio Heraldo Prieto, Roberto Antenor Gauna, y el escritor y periodista Miguel Ángel Molfino. En este capítulo de la saga Caballero, el protagonismo lo tendrán las caídas de militantes durante el año 1977.

ORGÍAS
El testimonio de Alarcón fue expeditivo y centrado exclusivamente en lo que pudo ver o escuchar, y se negó a decir cosas que no pudiera sostener con seguridad. Aún así, los gravísimos hechos que relató eximen a cualquiera de la necesidad de exagerar. Fue detenido el 27 de mayo de 1976, en la redacción del diario Crisol, por un grupo de civiles en razón de su “militancia en agrupaciones secundarias” y estuvo detenido en la Brigada, la Alcaidía, la U7 y otros penales del país hasta su liberación desde Rawson en 1983.

En la Brigada, sufrió la picana eléctrica y las palizas de la patota que integraban Carlos Silva Longui, Gabino Manader, José María Cardozo, Ramón Esteban Meza y Marín (alias “Cabo Sotelo”) y reveló los extremos a los que puede descender la naturaleza humana cuando desconoce la dignidad de otros semejantes.

“El cabo Sotelo organizó una suerte de orgía con detenidas”, afirmó, y se apresuró a remarcar, como si hiciera falta, que las mujeres “eran obligadas por las circunstancias”. Mientras tanto, Marín se hundía en su silla, buscando escondite detrás de las anchas espaldas de Lucio Humberto Caballero.

Los dichos de Alarcón coinciden con lo manifestado anteriormente por la diputada nacional Elsa Quiroz en la causa: “La tortura era un divertimento de varios”, señaló en esa ocasión y relató el caso de un detenido al que obligaron a desnudarse y tirarse encima de una mujer y a quienes les “dirigían la situación”.

Antes Alarcón había contado los casos de madres detenidas en la Brigada; María Teresa Pressa (embarazada, esposa de Manuel Parodi Ocampo, asesinado en la Masacre de Margarita Belén) Graciela de la Rosa, (embarazada, compañera de Patricio Blas Tierno, otro masacrado) y Nora Valladares (18 años de edad, con un bebe de meses). Contó cómo una vez los guardias le dijeron que llevara al baño a Nora Valladares, “porque no podía caminar y había perdido el habla por las torturas recibidas”.

Relató que en la Brigada prestó declaración ante el juez Luis Ángel Córdoba y el secretario Domingo Mazzoni, “pocos pasos de la sala de tortura” y en presencia de Silva Longhi. “El juez era parte de ese sistema represivo” sentenció.

Córdoba falleció, Mazzoni fue secretario del juzgado federal de Resistencia desde mayo de 1974 hasta agosto de 1976, cuando fue nombrado fiscal, puesto desde el que persiguió a muchos detenidos, tal el caso de Hugo Barúa secuestrado y torturado en su domicilio por los imputados Manader y Cardozo (fallecido) ante la presencia del funcionario judicial.

BAJO TORTURA
“Fui detenido el 6 ó 7 de septiembre de 1975 por personal de la Brigada de civil”, arrancó Luis Albano Rossi, que habló demostrando mucha seguridad, y dio una detallada descripción de un interrogatorio bajo tortura.

Fue interrogado por el secretario del Juzgado Federal Carlos Flores Leyes dos veces. La primera vez, el funcionario judicial le hizo las mismas preguntas que sus torturadores y lo amenazó con 10 años de cárcel. La segunda. lo careó con la detenida Rosa Alcaraz, destruida física y psicológicamente por los vejámenes a los que fue sometida.

En la Brigada le ponen un pulóver en la cabeza y le pegan trompadas y gomazos en las piernas, para ablandarlo. Después, comenzaron las preguntas.

- ¿Dónde están los fierros?- (piñas).

- ¿Dónde está Lucía Gómez? (actualmente desaparecida, y más piñas).

Cómo no contestaba, le bajaron la camisa y los pantalones. Primero le pasaron electricidad al voleo, y de manera intermitente, hasta darle más precisión al castigo y concentrar la tortura en los testículos y las tetillas. Un buen rato así, hasta que de alguien dijo: “Este es un perejil” y Rossi recibió un puñetazo en la mandíbula que lo desvaneció.
Despertó sobre un colchón, siendo pateado por un policía que le decía: “Levantate”. Le sacó la venda y las esposas y lo llevó al baño para que se limpie un poco. “A este le dieron con todo”, escuchó que comentaban otros agentes presentes en el lugar.

Cuando el testigo relató como lo castigaron con piñas y patadas después de insistir en que lo dejen ir al baño señalando a los dos últimos como los pegadores más enérgicos, el grandote Galarza intentó esconderse, sin lograrlo, mientras que Roldán, en la primera fila, solo atinó a reír nerviosamente.

Manader: un James Bond con picana
Cuando al periodista Luis Alarcón lo llevaron a la Brigada, lo primero que hicieron fue vendarlo y después, fajarlo. Al tiempo, cuando llegó el momento de montar la farsa legal y tomarle una declaración, sus sagaces captores le sacaron la venda. Así, la víctima pudo relacionar los rostros con las voces que escuchó durante los golpes y la aplicación de corriente eléctrica.

Relató que Silva Longhi era fácil de indentificar por su voz grave, inconfundible “de artista de radioteatro” y de Manader dijo que era muy expresivo, “se hacía notar como una persona más importante de lo que en verdad era, sobreactuaba su rol de agente en lo que ellos llamaban la lucha contra la subversión, como James Bond”.

La partida de ajedrez inconclusa
Luis Alarcón recordó, de su paso por la Alcaidía, entre agosto y noviembre de 1976, el aguante de Patricio Tierno (militante oriundo de La Plata, asesinado en la Masacre de Margarita Belén) ante los apremios ilegales.

Una vez, se lo encontró con los pies muy magullados por el castigo de la picana, y cuando le preguntó cómo se sentía, el platense le restó importancia y hasta se permitió bromear: “Estuve en los jueguitos electrónicos.

El 12 de diciembre, estaban jugando al ajedrez cuando llegó la orden de traslado para Tierno. “Se puso de pie y me dijo: ‘este es el final para mí”. Alarcón intentó creer otra cosa, para darle y darse ánimo; le habló de la posibilidad de que se tratase de una visita, algo sumamente improbable, “las piezas de ajedrez quedan sin tocar, hasta la próxima partida” le dijo, y nunca más volvieron a verse.

Informe: Gonzalo Torres
Edición: Marcos Salomón
20/08/2010 - Causa Caballero -Juicio Oral - día 21
“El Cabo Sotelo organizó una orgía con detenidas”
Lo dijo el testigo y periodista Luis Alarcón. Dejó en claro que las mujeres fueron obligadas a participar del aberrante acto perpetrado en la Brigada. También declararon Luis Albano Rossi y José Luís Núñez. El lunes continúa la causa con el testimonio del escritor Miguel Angel Molfino y otros seis testigos.

La vigésimo primera jornada del juicio oral por la Causa Caballero, fue ágil como nunca antes. Declararon tres “Luises” todos ex detenidos por razones políticas: comenzó Rossi, con una prolija descripción de su detención en la Brigada y la Alcadía; siguió Núñez, que habló sobre lo que le contaron en la U7 los presos que llegaban desde la Brigada, y cerró el periodista Alarcón, que relató los abusos de José Marín –alias “Cabo Sotelo”- a grupos de mujeres detenidas y cómo desde el Poder Judicial se legitimó el terrorismo de Estado.

No hubo cruces ni descarga de artillería entre querella – fiscalía , defensa y juez, es más, hasta la declaración de Alarcón casi no hubo preguntas. Rossi habló y fue desocupado sin consultas ni pedidos de “aclaraciones” de ningún tipo y Núñez, con un impresionante parecido al diputado Carlos Martínez, declaró en 10 minutos y fue interrogado una sola vez.

El testimonio del correntino José Luis Núñez fue el más breve de la jornada y posiblemente, de toda la causa: en 10 minutos contó lo que pudo escuchar sobre la temible Brigada en los dos años que estuvo detenido en la U7. “Todos contaban que el trato era humillante, y los torturadores más nombrados eran Manader y Thomás”, acotó.
La causa continuará el lunes, cuando se reiniciarán los debates con los testimonios de Víctor Hugo Arroyo, Mario Horacio Pezzelato, Juan Pedro Coronel, Adolfo Adrián Coronel, Antonio Heraldo Prieto, Roberto Antenor Gauna, y el escritor y periodista Miguel Ángel Molfino. En este capítulo de la saga Caballero, el protagonismo lo tendrán las caídas de militantes durante el año 1977.

ORGÍAS
El testimonio de Alarcón fue expeditivo y centrado exclusivamente en lo que pudo ver o escuchar, y se negó a decir cosas que no pudiera sostener con seguridad. Aún así, los gravísimos hechos que relató eximen a cualquiera de la necesidad de exagerar. Fue detenido el 27 de mayo de 1976, en la redacción del diario Crisol, por un grupo de civiles en razón de su “militancia en agrupaciones secundarias” y estuvo detenido en la Brigada, la Alcaidía, la U7 y otros penales del país hasta su liberación desde Rawson en 1983.

En la Brigada, sufrió la picana eléctrica y las palizas de la patota que integraban Carlos Silva Longui, Gabino Manader, José María Cardozo, Ramón Esteban Meza y Marín (alias “Cabo Sotelo”) y reveló los extremos a los que puede descender la naturaleza humana cuando desconoce la dignidad de otros semejantes.

“El cabo Sotelo organizó una suerte de orgía con detenidas”, afirmó, y se apresuró a remarcar, como si hiciera falta, que las mujeres “eran obligadas por las circunstancias”. Mientras tanto, Marín se hundía en su silla, buscando escondite detrás de las anchas espaldas de Lucio Humberto Caballero.

Los dichos de Alarcón coinciden con lo manifestado anteriormente por la diputada nacional Elsa Quiroz en la causa: “La tortura era un divertimento de varios”, señaló en esa ocasión y relató el caso de un detenido al que obligaron a desnudarse y tirarse encima de una mujer y a quienes les “dirigían la situación”.

Antes Alarcón había contado los casos de madres detenidas en la Brigada; María Teresa Pressa (embarazada, esposa de Manuel Parodi Ocampo, asesinado en la Masacre de Margarita Belén) Graciela de la Rosa, (embarazada, compañera de Patricio Blas Tierno, otro masacrado) y Nora Valladares (18 años de edad, con un bebe de meses). Contó cómo una vez los guardias le dijeron que llevara al baño a Nora Valladares, “porque no podía caminar y había perdido el habla por las torturas recibidas”.

Rlató que en la Brigada prestó declaración ante el juez Luis Ángel Córdoba y el secretario Domingo Mazzoni, “pocos pasos de la sala de tortura” y en presencia de Silva Longhi. “El juez era parte de ese sistema represivo” sentenció.

Córdoba falleció, Mazzoni fue secretario del juzgado federal de Resistencia desde mayo de 1974 hasta agosto de 1976, cuando fue nombrado fiscal, puesto desde el que persiguió a muchos detenidos, tal el caso de Hugo Barúa secuestrado y torturado en su domicilio por los imputados Manader y Cardozo (fallecido) ante la presencia del funcionario judicial.

BAJO TORTURA
“Fui detenido el 6 ó 7 de septiembre de 1975 por personal de la Brigada de civil”, arrancó Luis Albano Rossi, que habló demostrando mucha seguridad, y dio una detallada descripción de un interrogatorio bajo tortura.

Fue interrogado por el secretario del Juzgado Federal Carlos Flores Leyes dos veces. La primera vez, el funcionario judicial le hizo las mismas preguntas que sus torturadores y lo amenazó con 10 años de cárcel. La segunda. lo careó con la detenida Rosa Alcaraz, destruida física y psicológicamente por los vejámenes a los que fue sometida.

En la Brigada le ponen un pulóver en la cabeza y le pegan trompadas y gomazos en las piernas, para ablandarlo. Después, comenzaron las preguntas.
- ¿Dónde están los fierros?- (piñas).

- ¿Dónde está Lucía Gómez? (actualmente desaparecida, y más piñas).
Cómo no contestaba, le bajaron la camisa y los pantalones. Primero le pasaron electricidad al voleo, y de manera intermitente, hasta darle más precisión al castigo y concentrar la tortura en los testículos y las tetillas. Un buen rato así, hasta que de alguien dijo: “Este es un perejil” y Rossi recibió un puñetazo en la mandíbula que lo desvaneció.
Despertó sobre un colchón, siendo pateado por un policía que le decía: “Levantate”. Le sacó la venda y las esposas y lo llevó al baño para que se limpie un poco. “A este le dieron con todo”, escuchó que comentaban otros agentes presentes en el lugar.

Cuando el testigo relató como lo castigaron con piñas y patadas después de insistir en que lo dejen ir al baño señalando a los dos últimos como los pegadores más enérgicos, el grandote Galarza intentó esconderse, sin lograrlo, mientras que Roldán, en la primera fila, solo atinó a reír nerviosamente.

Informe: Gonzalo Torres
Edición: Marcos Salomón
19/08/2010 - Juicio por la Masacre de Margarita Belén
Calvario pos sepulcro de los fusilados en diciembre de 1976
Según la testigo Norma Godoy de Arias, ex administrativa del cementerio, la desaparecida es su compañera Carmen Ferreira. La experiencia del ex preso político “Mencho” Campos de tener a su ex abogado defensor sentado en el banquillo de los acusados.

Con la ya costumbre de testigos que faltan o cuyo paradero no se encuentra, comenzó este jueves el juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén, en la que se confirmó lo adelantado por este medio: no se pudieron encontrar las fotos del pos fusilamiento del 13 de diciembre de 1976.

Más grave aún, por Secretaría del Tribunal Oral Federal (a cargo de María Lucía Frangioli y Francisco Rondán) se supo que en la División Criminalística se quema toda documentación con más de diez años de archivo.

Abrieron la ronda de testigos los ex presos Julio Cossio y Jorge Campos (ambos ex JP Regional 4ª). Por ironía del destino, Jorge “Mencho” Campos tuvo como abogado defensor al imputado Aldo Martínez Segón, cuando en 1979 fue sometido a Consejo de Guerra en el Regimiento de la Liguria. El ayer defensor, hoy está sentado en el banquillo de los acusados. El ex preso político condenado en la década del 70; en 2010, es testigo en la causa.

Más tarde, llegó la empleada municipal Norma Godoy de Arias, con una reveladora declaración. Afirmó que la empleada municipal del cementerio Carmen “Pelusa” Ferreira y su esposo permanecen desaparecidos, desde poco tiempo después de que las víctimas de la Masacre fueran enterradas a la madrugada.

Para el final, Raúl Hipper, carpintero con 64 años y dos accidentes cerebrovasculares de por medio, se vio en apuros por olvidar su declaración ante el juez Carlos Skidelsky, durante la instrucción, e incurrir en gruesas contradicciones. Lo salvó la atinada intervención del fiscal Germán Wiens Pinto.

DESAPARICIONES EN EL CEMENTERIO
Norma Godoy de Arias fue otra testigo que reveló datos clave. La afirmación más explosiva: la desaparición de una empleada municipal.

Lo declaró en este contexto: en principio, visiblemente nerviosa, pero a la vez clara cada vez que tenía que responder preguntas. Relató que el 15 de diciembre de 1976 tuvo que asentar en los libros que diez cuerpos fueron enterrados en horas de la madrugada.

“No es común, siempre los servicios son en el horario de atención que comienza después de las 6. Lo hicieron a la madrugada. Lo obligaron al capataz Centurión (fallecido) a cavar”, narró.

Fue el mismo Centurión el que confeccionó los papeles de donde Godoy copió lo que iba asentado en los libros, con varios NN. El mismo capataz le contó a Norma que enterraron cuerpos en bolsas y en cajones cerrados. “A los que estaban en bolsas, los enterraron así nomás, no tenían ni una cruz para identificarlos”, contó la mujer, que de todas maneras aclaró que a las administrativas –como su caso- no la dejaban acercarse a esa parte del San Francisco Solano.

Lo que vino después fue un calvario: “Estábamos bajo amenazas de militares. Vos nos digas nada porque vas a tener problemas o te va a pasar como a ellos, me dijo Centurión”, relató.

Según Norma, los trabajadores eran perseguidos hasta sus domicilios y llegaron a colocar en la administración del cementerio a un militar: “El negro” Juárez (una pista sobre su posible paradero la dio el fiscal ad hoc Carlos Amad), quien controlaba todo el movimiento.

El siniestro cuadro se completa con la desaparición de su compañera “Pelusa” Ferreira. Con esa presión, Godoy renuncia como administrativa del cementerio en 1981, para ser reincorporada a la comuna capitalina hace cinco años.

Antes de renunciar, recuerda que “se entregaron cuerpos a los familiares, o nosotros suponíamos que lo eran. Muchos otros siguen ahí” en el cementerio, finalizó su declaración.

Como en la vigésima jornada, el defensor Carlos Pujol, con su particular estilo, cruzó a la testigo: “Según un informe de la Municipalidad de Resistencia, Godoy nunca trabajó” en el cementerio “San Francisco Solano”.

Chisporroteo entre la defensa, los querellantes, fiscales y jueces. Finalmente, la testigo se pudo retirar de la sala de audiencias y, ahora, la Defensa deberá probar sus dichos.

De abogado a imputado
Abrieron la ronda de testigos los ex presos políticos Julio Coscio y Jorge “Mencho” Campos, ambos militantes de la JP Regional 4ª y con similares lecturas de la Masacre de Margarita Belén: se aplico la ley de fugas, ante un supuesto enfrentamiento imposible de que se produzca.

La declaración de Coscio, acompañada por una barra formoseña, molestó en varias oportunidades a los imputados, pero, principalmente a sus familiares. Las esposas de Martínez Segón y Losito, sentadas juntas en algunos momentos, realizaban exclamaciones.

La más nítida de las exclamación llegó cuando Coscio afirmó que “era imposible un ataque” al convoy que transportaba presos. Entonces, se preguntaron: “¿Y el copamiento al Regimiento de Monte 29 de Formosa?”. La presidenta del Tribunal, Gladys Yunes mandó a callar a la mujer de Losito, so pena de expulsarla de la sala.

Fue tragicómico el enojo, cuando el testigo habló de la “bemba” (en jerga carcelaria algo así como un rumor, una casi noticia) para explicar cómo se enteró de la Masacre. Al final, relató la historia de cómo sacaron del Pabellón 1 de la U7 –donde estaba detenido- a Néstor Sala y Manuel Parodi Ocampo, mientras los presos cantaban la Marcha Peronista.

Justo cuando entonaban la Marcha Peronista en el Pabellón 1, “Mencho” Campos y los otros presos del Pabellón 4 entendieron que llegó la hora de despedir al santafesino Mario Cuevas, quien estaba herido de bala en una pierna. “Sabíamos que los iban a matar, porque ya en la Brigada de Investigaciones nos habían dicho que nos iban a hacer boleta”, recordó.

Sin aviso previo ni guión premeditado, “Mencho”, que nerviosamente se frotaba la mano por la pierna izquierda, contó: “Entre los imputados está sentado Aldo Martínez Segón, que fue mi abogado defensor cuando en 1979 me sometieron a Consejo de Guerra”.

Primera reacción: sorpresa. Acto seguido: risas –público, abogados, jueces y hasta los imputados- ante la ironía del destino. El diminuto (físicamente) Martínez Segón, incómodo, trataba de ocultarse en segunda fila, tras la inmensa humanidad de Luis Alberto Patetta, otro de los imputados.

Campos, acompañado por su esposa, la ex diputada nacional Gladis Soto y sus hijos, recordó que en 1979, tras recobrar por unos días la libertad, fue nuevamente detenido y sometido a Consejo de Guerra en el Regimiento de La Liguria. Tras la condena, recién recuperó su libertad en 1983 ya con Raúl Alfonsín como presidente de los argentinos.

Informe: Marcos Salomón