“Coronel, no sirven para la guerra sólo para torturar”
Ni bien lo escucharon al testigo Aníbal Ponti, siete de los nueve imputados pidieron abandonar la sala del juicio. Jornada de nerviosismo y chisporroteo legal. Antes, había declarado Víctor Fermín Giménez.
Inesperadamente, se levantó Horacio Losito –uno de los militares imputados- habló algo con los abogados defensores, y de inmediato, otros seis compañeros de armas lo siguieron hasta un cuarto contiguo a la sala de audiencias, donde se desarrolla el juicio oral y público por la Masacre en Margarita Belén.
Acababan de escuchar de boca del testigo Aníbal Ponti: “Ustedes coronel, no sirven para la guerra, sólo para torturar”. El testimonio rememora una chicana que el ex preso político le tiró a un militar –no pudo recordar el nombre- que le hizo “seguimiento ideológico” durante todo el momento que duró su detención durante la dictadura.
Ocurrió en 1982, luego de la Guerra de Malvinas, y justo antes de recuperar su libertad, estando detenido en Rawson. Fue éste mismo coronel quien le informó su libertad, una semana antes de que el juez librara la orden judicial. Sólo continuaron escuchando el testimonio el ex policía Alfredo Luis Chas y el militar Alfredo Petetta.
Ponti fue delegado provincial del general Perón y miembro de Montoneros: “No tengo problemas en decirlo, se los juzga a ellos (señalando a los imputados) no a mí”. Ni bien salió de prisión, estuvo en el armado local de Intransigencia y Movilización, militando con, por ejemplo, Nilda Garré, ministra de Defensa (mirada de la esposa de Losito, que repite entre dientes: “Garré, hay que anotar eso…”).
Ponti estuvo detenido en Gendarmería, alcaidía policial, fue liberada, vuelto a encarcelar en la U7, La Plata y Rawson. “Nunca pudo ocurrir un motín ni tratar de realizar un rescate en un traslado, porque las condiciones era de máxima seguridad”, recordó.
En medio chisporroteos legales, propios del proceso: llamado de atención de la jueza Gladys Yunes al defensor Carlos Pujol, cruce con el fiscal General de la Nación, Jorge Auat; con el querellante Mario Bosch, repitiendo el encontronazo de la jornada anterior.
LA U7 SE VISTIÓ DE VERDE
Ese recuerdo está relacionado a que la Masacre fue un fraguado intento de rescate de presos políticos que eran trasladados de Resistencia a Formosa: “La U7 era una cárcel de máxima seguridad, no iban a llevar presos de acá hacia allá, en todo caso al revés”, aseveró.
Ponti estaba en el Pabellón 1: el de los irrecuperables, entre otros con Néstor Sala, Manuel Parodi Ocampo –de las víctimas de la Masacre-, Juan Carlos Dante Gullo, Horacio Domínguez, Raúl Coppello. También declaró que había “gran número de menores” en el penal.
“Sabíamos que iba a ocurrir, estábamos preparados. Habíamos acordado que al que le toque, salía. Lo decidimos para evitar que entren y todo sea incontrolable. Me acuerdo de Sala, saliendo y dando su discurso de despedida. Lo que no entendimos es por qué no llevaron a los que tenían mayor exposición pública”, manifestó ante el Tribunal.
El fatídico día del traslado, “la U7 se vistió de verde”, narró Ponti para describir una situación atípica: la guardia externa del traslado eran todos militares, ni uno del Servicio Penitenciario Federal.
NOTICIAS EXTRAMUROS
Para ese entonces, los presos políticos estaban incomunicados extramuros e intramuros. Abundaba el lenguaje de señas, clave Morse y una radio clandestina onda corta y onda larga, “que todavía debe estar guardada entre los muros de la U7”, se jactó Ponti, quien era el encargado de esconderla.
Por esa radio, un pedazo del diario El Territorio facilitado por un SPF que militaba en la JP, más los aportes de los presos políticos traídos desde la alcaidía -que estuvieron el día de la tortura masiva en el comedor-, los presos políticos fueron armando el rompecabezas de lo que sucedió aquella madrugada del 13 de diciembre de 1976. Más, alguna información que le aportó su hermana Sara casi sobre fin de año.
La visita excepcional fue tramitada por un militar al que Sara, miembro del equipo del doctor Favaloro, le salvó la vida. Igual, después, la mujer terminó desapareciendo en las fauces de la ESMA.
Otra documentación a la que accedió Ponti es un sobre anónimo, con sello del Ejército, entregado en el hotel donde pasaba la primera noche de bodas antes de partir de viaje, el 13 ó 14 de diciembre de 1983 –el hombre, no recordaba la fecha entre la ansiedad que lo devoraba por declarar por primera vez en un juicio oral tras 35 años de espera-.