“La tortura era más para él que miraba, que en mi contra”
Declaró José María Presa de Parodi, contando sobre su esposo Manuel. Tensión durante la testimonial de Jorge Giles. El horror de la Brigada de Investigaciones, al desnudo.
Casi siete horas de audiencia fueron necesarios para posibilitar la declaración de cinco testigos, en la reanudación del juicio oral y público por la Causa Caballero, en la que se juzga a 10 policías y dos militares, por “tormentos agravados” cometidos entre 1975 y 1979, en la Brigada de Investigaciones de la policía y en la alcaidía de Resistencia.
En este orden declararon: María Teresa Presa de Parodi Ocampo, Eduardo “Dito” Saliva, Jorge Giles, Hugo Dedieu y Carlos “Flaco” Páez, menos éste último, todos declararon tanto en la Causa Caballero como en la Masacre en Margarita Belén.
El momento de mayor tensión se vivió durante la declaración de Giles (que salió en llantos abrazado a sus hijos), con un duro cruce entre defensa y querella, con una enérgica intervención del presidente del Tribunal Oral Federal, Víctor Alonso, para poner las cosas en orden, mientras resistía, pañuelo en mano, la gripe que lo aquejaba.
En tanto, José Marín, “Cabo Sotelo” como se lo conocía en la tortura, fue el protagonista de la escena tragicómica de la mañana: se escondía detrás de la inmensa humanidad de Humberto Caballero cada vez que los testigos lo nombraban.
EMBARAZADA TORTURADA
Con María José Presa de Parodi no tuvieron piedad ni por los cinco meses de embarazo que tenía –y su esposo, Manuel Parodi Ocampo, a la postre, terminó siendo una de las víctimas de la Masacre-. En la Brigada de Investigaciones la recibieron quemándole los pechos con una plancha o una pava.
“Para que no es escuchen los gritos, tocaban el acordeón. Mientras, a los que estábamos en la antesala de la tortura, nos hacían bailar. Al que se caía o tropezaba le pegaban con un varilla de metal o de madera”, recordó María José, justo en el momento en que Marín, quien ejecutaba el acordeón, comenzó a tratar de esconderse.
Estuvo en la celda grande, con otros presos políticos, hasta que se construyeron los cuatro calabozos de la planta alta. En ese derrotero, pudo escuchar cómo los torturadores amenazaban a Nora Valladares: “Hablá o le damos a tu hijo”.
María José reconoció la presencia en la Brigada de los militares Jorge Larrateguy (fallecido) y José Luis Patetta (imputado). De los policías, recordó a José Francisco Rodríguez Valiente, Gabino Manader, el fallecido Silva Longhi y los que se hacían llamar Cabo Bota y El Japonés.
“Las torturas eran sin sentido”, afirmó. “Cuando me torturaban le decían a mi marido que hable. La tortura era más para él que miraba, que en mi contra”, relató. A esa altura, las fuerzas de María José por evitar quebrarse en llanto eran mínimas. Lágrimas, vaso de agua reconstituyente: “Cometieron todo tipo de vejámenes”, aseguró para no hablar más del tema.
Mientras estaba detenida en la Brigada con su esposo Manuel, la casa de ambos fue saqueada. Así encontró cuadros con dedicatoria a su padre del plástico Venturi.
Ella misma después lo vio en el centro clandestino de detención (hoy Casa por la Memoria) que funcionaba frente a la plaza central de Resistencia y a 50 metros de la Casa de Gobierno.
Siete días antes de su detención, el diario misionero El Territorio, es decir el 9 de abril de 1976, ya publicaba sobre su detención. Pero la mujer estaba libre, caminando por Resistencia.
PUERTO TIROL
Para cuando Eduardo “Dito” Saliva contó que el “Cabo Sotelo” lo obligaba a cantar el chamamé Puerto Tirol y que cada vez que se equivocaba le “acercaba la picana de ganado”, el imputado Marín ya estaba totalmente refugiado detrás de la figura de Caballero, en la doble fila que forman los policías y militares, siempre con José Tadeo Luis Bettolli y Luis Alberto Petetta sentados al frente.
“Dito” fue torturado, golpes y picana, y escuchó cómo eran sometidos a tormentos otros presos políticos: “Era un infierno, queríamos salir, vivos o muertos”, fue el elocuente relato de su paso por la Brigada de Investigaciones.
Escuchó relatos de mujeres violadas. Vio a la diputada nacional Elsa Quiróz “totalmente deteriorada por la tortura.
Incluso, perdió varias veces el conocimiento”. Y completó el cuadro de la ignominia: “No nos desataban ni para comer, entonces, teníamos que comer como perros”.
Sitúa a Manader como el torturador de Nora Valladares: “Al bebé se ve que lo torturaban para que ella hable” y como quien “comandaba” a Enzo Brear y Rodríguez Valiente, entre otros.
TENSIÓN
El largo y preciso relato de Jorge Giles consumió buena parte de la mañana. Abierta las preguntas a las partes, se encendieron las chispas cuando el defensor Ricardo Osuna comienza a preguntarle por una serie de nombres, entre ellos Juan Carlos Montenegro.
“Yo no soy el juzgado, los juzgados son sus imputados”, respondió casi encolerizado, tras una pausada y tranquila testimonial.
Ya en un tono que llenó la sala, Giles arremetió: “Puedo contar más detalles sobre la picaneaban en el pecho, en el culo…”. Hace 34 años sus torturadores le preguntaban, picana en mano, por los mismos nombres que el defensor Osuna.
El juez Alonso reprendió al abogado, que se quejó: “No nos dejan preguntar ni ejercer el derecho de defensa”. Más furioso, el magistrado pidió que el reclamo de Osuna constara en actas. Luego, también reprendió al abogado defensor Oscar Gómez y tuvo tiempo de retar al querellante Mario Bosch.
Bosch, que junto a los fiscales Carlos Amad y Hugo Rodríguez eran los únicos de una antes poblada mesa de abogados, recriminó a su contraparte: “Es poner a la persona en situación de tormento, es revictimizante”, citando la jurisprudencia que protege a los testigos.
“En estos cinco minutos volví a tener el mismo dolor en el pecho que en esos días”, cerró su declaración Jorge Giles, para terminar abrazado, en medio del llanto, a sus dos hijos adolescentes, que lo acompañaron desde el público.
EL BANDONEÓN
El oficio de periodista de Hugo Dedieu se tradujo en su alocución: preciso y pormenorizado, rico en detalles. Fue detenido el 4 de mayo de 1976 y delante de sus narices se llevaron algunos crucifijos, cadenas de oro y dos salarios que había cobrado días antes.
De allí a la Brigada de Investigaciones, donde no se salvó ni por ser el hijo de un viejo camarada de armas de Wenceslao Ceniquel, para ese entonces jefe de la Policía de Chaco. Sufrió golpes y picana eléctrica.
Sin vendas, un día, frente a Rodríguez Valiente, Cardozo, Manader y Silva Longhi, le dicen: “Sos de los nuestros tenés que hablar”. Luego, el pedido de convirtió en amenaza de muerte y tortura contra él y su familia (su ex esposa María Emilia Rossi y sus dos hijos también sufrieron cárcel).
Durante una visita de su madre de la Brigada, queda en el garaje, mirando la salida, directamente a la plaza 25 de Mayo. “Entonces, el Cabo Sotelo me dice que me vaya, qué el me daba autorización” –el imputado Marín no sabía como hacerse más pequeño escondido detrás de Caballero-.
“El ‘Cabo Sotelo’, que era fanático del acordeón, pero desafinaba, un día entró más alterado que nunca, pero no con nosotros sino con ellos: Quieren saber quiénes son los hijos de puta: Manader, Rodríguez Valiente, Cordozo, Mesa, Silva Longhi, Caballero”, relató. De Marín, sólo se veían sus pies por debajo de las sillas. El resto del cuerpo, estaba totalmente enrollado en un extraño rictus de contorsión.
“NO LOS PUEDO FRENAR”
Por último, declaró Carlos Aníbal “Flaco” Páez, detenido a los 17 años en Sáenz Peña. Desde que lo llevaron de su casa hasta la alcaidía policial de la segunda ciudad de Chaco lo llevaron a los golpes.
Ya en la alcaidía lo golpearon salvajemente: zona de testículos, costillas y abdomen. También conoce la picana, que se la aplican en los genitales. De tantos golpes, le rompen la cabeza y pierde mucha sangre. Además, pierde el conocimiento.
De Sáenz Peña lo llevan a la alcaidía de Resistencia, donde durante dos días los guardia cárceles lo pisan la boca, todo el cuerpo. De la celda para menores, aislada del resto, lo llevan a la “sala para dementes”.
En ese ínterin, en la sala del director de la alcaidía, el comisario Mora, quien fuera jefe de la Policía de Chaco, admite ante el joven Páez: “Discúlpeme pibe, no los puedo parar”, por la tortura que había sufrido antes en Sáenz Peña.
Al final, “Flaco”, pudo declarar tras 36 años ante un Tribunal Oral, ya que en 1978, a pesar de ser absuelto por la Justicia Federal, no pudo recobrar la libertad, y así recorrió innumerables cárceles del país: “Alcaidía, U7, U6 de Rawson y U9 de La Plata en 1981”, es decir que pasó detenido desde los 17 hasta los 24 años.
Por Marcos Salomón