Declaró la esposa de un desaparecido
Tengo la plena seguridad que mi marido puede estar entre las víctimas de Margarita Belén
10/08/2010 - Se trata de Leonor Hanke, esposa de Eduardo Fernández. La mujer dijo que existen dos personas más que podrían ser parte de las asesinadas en la madrugada del 13 de diciembre de 1976, en referencia a Dora Noriega y Juan Ramón Bargas.

Gladis Leonor Hanke se presentó ante el tribunal como “supuestamente viuda”, de Eduardo Fernández ya que su esposo se encuentra desaparecido pero podría llegar a ser una de las tantas víctimas de la masacre de Margarita Belén. Por eso declaró ayer en calidad de testigo en el juicio que investiga la muerte de más de 22 presos políticos el 13 de diciembre de 1976. Ella aún no sabe sobre el paradero de su marido a quien vio por última vez en agosto de 1976.
Hanke fue detenida en septiembre de ese año en la localidad de Bella Vista, (Corrientes) estando embarazada de cinco meses y permaneció en el instituto Pelletier para posteriormente ser trasladada a Devoto, más precisamente el 14 de septiembre de 1977, previo paso por el Regimiento Nº 9 de la misma provincia.

En el momento en que fue detenida, quien la interrogó sobre su esposo fue el militar Horacio Losito, (hoy es uno de los acusados), tanto en Bella Vista como en el RI9 de la capital correntina.
Pero durante casi todo el período que estuvo presa, no supo acerca del paradero de Eduardo, de quien no sabía absolutamente nada sino hasta que fue trasladada a la cárcel de Devoto, cuando, dialogando con otras mujeres que se encontraban alojadas allí, les comentaron que lo habían visto en la Brigada de Investigaciones de Chaco.
“Convivir con la figura de un familiar desaparecido es lo más terrible, y también una deuda que tengo con mi hijo”, declaró Hanke ayer ante el tribunal y comentó que el año pasado, Rodolfo Bustamante (ex detenido político), le dijo que lo había visto en la Brigada lastimado y torturado, lo que le hace pensar que “tengo la plena seguridad de que mi marido pueda estar entre las víctimas de la masacre”.

Recién en 1984, ya en democracia y con la visita de integrantes de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, (Conadep), pudo realizar una denuncia sobre la desaparición de Fernández, cuando esta delegación visitó Goya. De hecho, en esta misma ciudad correntina, un sacerdote llamado Diego Olambini le reveló que “a Eduardo lo busque por el lado de Margarita Belén”.

Hanke dejó en claro a los jueces también que existen dos personas más que podrían ser parte de las asesinadas en la madrugada del 13 de diciembre de 1976, porque de ellas escuchó hablar en Devoto, y son: Dora Noriega y Juan Ramón Bargas, (de Goya), ambos habrían sido retirados del RI9 de Corrientes y nunca más se supo de su paradero.

Norma Alejandría
Uno de los relatos más conmovedores y que causó más impresión en el día de ayer fue el de Norma Isabel Alejandría, quien declaró que en una madrugada, tuvo que usar el teléfono del cementerio de Resistencia para llamar a su marido porque su hijo de unos pocos meses de edad, estaba enfermo. Cuando salió de su casa, estando en la intersección de Calle 3 y Carlos Gardel notó que había dos militares que le dieron la voz de alto inmediatamente, pero ante la explicación de la mujer la acompañaron hasta el cementerio para que realice la llamada. ”Había muchos militares, un camión sobre avenida Hernandarias, una camioneta y una ambulancia”, relató la testigo quien notó además que bajaron un bulto de uno de los vehículos. Dentro del cementerio, vio que estaba un vecino de apellido Centurión, que además era sepulturero, a quien notó algo nervioso. Una vez que realizó la llamada, los mismos militares la acompañaron a su casa diciéndole que no mire a ningún lado y que se apure.

Al día siguiente Norma encontró a Centurión en su casa y le preguntó qué había pasado la noche anterior a lo que el hombre le contó que lo despertaron diciéndole que ”había que hacer un trabajo”, y le ordenaron realizar un pozo no muy profundo en el cual enterraron a personas en una misma fosa y sin tumbas individuales.

Días más tarde, el hombre le mostró a Alejandría dónde se enterraron a los cuerpos y, según ella, “había una cruz de madera, que entonces era la mayor del cementerio pero que ya no está”.
Si bien la mujer se mantuvo hasta ahí firme en su declaración, hubo un momento en que el llanto le atravesó el cuerpo y no pudo contener las lágrimas por el episodio que le tocaba narrar.

No es para menos, porque en una oportunidad se hicieron presentes alrededor de 10 militares en su casa, preguntando si ella era la que pidió hablar por teléfono la noche en que hubo movimiento en el cementerio y ante su ratificación, uno de los oficiales se acercó hasta donde dormía su hijo y pasando el arma por los barrotes de la cuna varias veces, le dijo: “Que linda criatura, que lástima que le pase algo a ella o a su madre”. Luego de esto y con el llanto sobre la garganta y las lágrimas por el rostro, reconoció que nunca más habló con alguien sobre el tema porque tras esto tuvo pesadillas, escuchaba pasos en su hogar y sentía mucho miedo.

Sin embargo, quizás el mismo amor de madre la hizo cambiar de parecer porque leyendo las cartas de Amanda Piérola luego, que pedía información para encontrar los huesos de su hijo desaparecido, logró comunicarse con ella y brindar su testimonio sobre lo que observó aquella madrugada.

La amenazaron
Cuando declaró ante el Juzgado Federal en instrucción, hace seis años, refirió haber sido amenazada tanto de forma telefónica como personal aunque no quiso dar detalles sobre la persona que lo hizo por el mismo temor que le significa, pero el tribunal le dio la garantía y la protección correspondiente para que se sienta segura.

Su declaración concluyó alrededor de las 13:40 pero antes, a pedido de la defensa y con la adhesión de la querella y la fiscalía, se solicitó el reconocimiento del lugar donde habrían sido enterrados dichos cuerpos.
Posteriormente la presidente del tribunal mandó al segundo cuarto intermedio de la jornada que terminó con la declaración de Álvaro Piérola.

Pero quien abrió el día de ayer la ronda de testigos fue Adolfo Galo, quien estuvo detenido en la Alcaidía al momento de los hechos y comentó que ya desde el mediodía escuchó golpes y corridas en el corredor del pasillo, golpiza que continuó por la tarde. Incluso comentó que logró ver en el baño a una persona tirada que pedía desesperadamente agua y a quien pasó una toalla mojada. Posteriormente supo que se trataba de Néstor Salas.

Galo en la actualidad tiene 57 años y sufre de una ceguera desde hace dos años, algo que no le impidió recordar su detención y relatar que pasadas las cero horas, ya del 13 de diciembre, trasladaron a un total, cree, de 30 detenidos que fueron sacados de sus celdas y pasados por el comedor de la Alcaidía donde se les propinó una golpiza.

Entre los que pudo identificar se encontraban Franzen y Zamudio, que le habrían dicho: “No sabemos si volvemos”. Efectivamente, nunca más los volvió a ver.

La segunda en prestar declaración fue la señora Elsa Herminia Erztic, testigo citada por la defensa que no estuvo más de 10 minutos en el banquillo frente al tribunal, y que si bien afirmó que había declarado en instrucción, con anterioridad porque reconoció su firma, no se acordó de lo que había dicho. La mujer vive frente a la Alcaidía pero no sabe si el día de los hechos se encontraba en su casa.

Antes del mediodía, fue el turno del periodista Hugo Dedieu, que cuando fue detenido el 4 de mayo de 1976 se desempeñaba en el diario Crisol. De la Brigada de Investigaciones pasó a la Alcaidía y de allí a la U7 en septiembre de ese año, lugar en que estuvo cuando se produjo el traslado de presos políticos en “un día inusual”.
En efecto, el domingo 12 de diciembre de 1976, del Pabellón Nº 4 sacaron a Duarte y Franzen y del Pabellón Nº 3, donde se encontraba él, a Mario Cuevas.

Piérola pedido por la defensa
Sorprendió a la audiencia, finalmente, la declaración de Álvaro Piérola, hermano de Fernando Piérola, muerto en la masacre, ya que se presentó como testigo debido al requerimiento del doctor Cardozo, abogado defensor.

“Quiero brindar parte de la investigación que realizamos y también quiero dar a conocer cómo la masacre de Margarita Belén impactó en una familia”, fue lo primero que dijo y luego de dar honor a todos los testigos que declararon hasta el momento.
Con una emoción que lo desbordaba, indicó que en 2004 lograron, (él y su madre Amanda), dialogar con integrantes de una familia de apellido Pegoraro, que residen en la localidad de Margarita Belén, y tienen un sobrino de nombre Alfredo que, aparentemente, fue el que trasladó los cuerpos desde esa localidad hasta el cementerio.

Los muertos fueron llevados hasta el destacamento militar de La Liguria, donde se exhibieron a los militares. Él junto con otros gendarmes los habría visto y se encontraban realmente en muy malas condiciones. “Destrozados;” en palabras de Álvaro.

“A Pegoraro le llamó la atención que vio dos chicas, una de ellas casi cortada a la mitad por la ráfaga de balas”, comentó Álvaro, en tanto que a Salas, le faltaba parte de la cabeza. También remarcó que habría visto un Peugeot con partes de un cuerpo sobre el techo y una ambulancia con disparos. Estimaba entre 16 y 18 cadáveres.