Lo dijo el testigo Rogelio Tomasella, sobre el plan de colaboración de las dictaduras de América del Sur. También declararon Carlos Aguirre y Ricardo Uferer. Imperdible diálogo antes de comenzar la audiencia.
Tranquila, rápida y con testigos precisos. Así se puede caracterizar la jornada del juicio oral y público por la Causa Caballero, que se desarrolló ayer en la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal de Resistencia.
Se presentó la mitad de los testigos: 3 de 6 –todos con falta justificada-. Como novedad procesal, el abogado Pedro Mañanes fue nombrado codefensor del imputado José Tadeo Luis Bettolli, quien es asistido por José María Cardozo.
Declararon el goyano Rogelio Tomasella, Ricardo Uferer y Carlos Aguirre, vicepresidente del Instituto de Cultura. Cada uno con su estilo, aportaron datos clave, con un relato rico en anécdotas y detalles.
El único momento de tensión fue un cruce entre el presidente del Tribunal Oral Federal, Víctor Alonso, y el defensor Oscar Gómez, que terminó con un apercibimiento del juez al abogado, que se quejaba por los “gritos” de la querella (Mario Bosch), justo en una jornada de tonos bajos.
GUERRILLERO ERRANTE
Rogelio Tomasella estuvo detenido en el ex Regimiento de Infantería 9 (Corrientes), luego en la U7, de donde fue sacado en el baúl de un Fordo Falcon –tras doblegarlo a los golpes- y llevado a la Brigada de Investigaciones, donde pasó tres meses, diez de ellos en uno de los sótanos.
“Estuve en uno de los pozos (por los sótanos), que tenía tapa y escalera metálica (por el que hoy está sellado con un blindex y antes era la oficina de Carlos Thomas)”, contó. Allí, escuchó a un militar con acento extranjero, posiblemente italiano, dando instrucciones sobre cómo torturar, básicamente el uso de la picana eléctrica.
En su lenguaje bien rural, Rogelio miró de frente al Tribunal y aseguró: “Les voy a contar la verdad de la milanesa”. Admitió no poder identificar a ni un torturador, pero sí aportó datos de personas que están desaparecidas y sobre las que aún se investiga.
Ya en la planta alta de la Brigada, el correntino vio a Runi Reyes, un paraguayo que había sido extraditado de Brasil y terminó preso en Resistencia: “Se lo chupó un (plan) Cóndor”, graficó.
Reyes negociaba en dólares su libertad. Incluso, identificó que su esposa estaba en la Brigada, a través de un silbido, como código de comunicación. La negociación no llegó a buen puerto y el paraguayo extraditado de Brasil desapareció.
También vio al matrimonio de Pedro Morel y Fulvia Ayala (la desaparición de ambos es la punta para el denominado juicio residual por la Causa Caballero.
De Pedro sabe que tenía “lastimaduras en los testículos y en el pene”. De Fulvia, que, cuando los torturadores intentaban “seducirla sexualmente”, él grita desde su celda: “¿Qué está pasando?”. La respuesta fue una golpiza.
Otro preso político desaparecido con el que se cruzó es un “muy lastimado” Abel Arce, también correntino, de Ligas Agrarias, detenido en Goya mientras estaba haciendo el servicio militar. Antes de ser liberado, Gregorio tuvo que firmar una declaración en la que lo describen como un “guerrillero errante”.
COLIMBA DETENIDO
Ricardo Uferer estaba haciendo la colimba cuando lo detiene Ricardo Reyes (imputado en la causa por la Masacre de Margarita Belén). Lo llevan a la Brigada de Investigaciones José María Cardozo (fallecido) y “El indio” Cáceres. Con él, otro conscripto: Eduardo Luque.
Desde que llegó lo golpean y picanean, principalmente en uno de los sótanos. “Reconozco a (Jorge) Larrateguy, (Ernesto) Simoni (imputado por la Masacre), (Gabino) Manader (imputado en la Causa Caballero), Cardozo y Silva Longhi”. En la antesala de la sala de tortura, José Francisco Rodríguez Valiente “tomaba declaración”.
Para Uferer, “no era una tortura con preguntas, si no con sadismo, para destruirnos”. De la Brigada, va a la alcaidía de Resistencia, donde permanece hasta 1977, cuando lo someten a un Consejo de Guerra en Córdoba.
En la alcaidía, la guardia de Octavio Ayala “sacaba a los presos de su celda para torturarlos”. Pegaban: “(Rubén) Roldán, (Francisco) Álvarez –todos imputados en la Causa Caballero-, Esquivel”.
Durante las preguntas a Uferer, que se reivindicó montonero, se produjo el encontronazo entre el juez Alonso y el defensor Gómez.
POLICÍA DE AYUDANTE
Carlos Aguirre, vicepresidente del Instituto de Cultura, fue notificado de su detención por la Justicia Federal chaqueña cuando la llevaba tres años de prisión. Relato preciso y con anécdotas inverosímiles.
“… En el frente de mi casa siempre estaba apostado un policía que me seguía a todos lados, un paso detrás. Para 1982, era corresponsal del diario La Voz (Buenos Aires) y tengo que cubrir la inundación de ese año. Era tan evidente la libertad vigilada, que un día le di que sostenga mi libreta de anotaciones para poder hacer cómodo una foto con ambas manos”, recordó Aguirre, que no pudo volver a estudiar Arquitectura porque estaba en la lista negra de las Universidades argentinas.
Su primera parada fue la Brigada de Investigaciones, donde intercambia datos con Delicia González –víctima de la Masacre de Margarita Belén-, quien mintió tener una enfermedad venérea para evitar la violación a la que eran sometidas las mujeres.
Carlos Thomas lo entrevistó en su oficina, sin venda ni esposas. Por detrás, Rodríguez Valiente le pegó un golpe denominado “el teléfono” (pegar con ambas manos ahuecadas en los oídos de la víctima).
Ya en la alcaidía, la “bienvenida” fue una brutal paliza de Octavio Ayala y su banda: Oscar Galarza (imputado), Roldán, Álvarez, el sargento Ramos. “Como Roldán era pequeño, le decían ‘Pajarito’, se ponía una manopla para pegar”, precisó.
Cuando le iban a dar la libertad vigilada, durante un mes hicieron que la familia de Aguirre vaya a buscarlo a la cárcel. Con el portón de salida abierto, él, del lado de adentro; ellos, en la vereda, se miraban un instante hasta que sin mediar explicación cerraban la puerta (así un día tras otro).