El sobreviviente a la Casa de Tarzán
Así llamaban al sótano de la Brigada de Investigaciones, donde se torturaba, el testimonio fue de “Mencho” Campos. También declaró “Quito” Fernández, en una tranquila jornada. Este martes, continúa el juicio con cuatro testigos más.

Con casi un mes completo de audiencias, la jornada de este lunes del juicio oral y público en el marco de la Causa Caballero se desarrolló sin sobresaltos, con la presentación de dos de los tres testigos convocados: Jorge “Mencho” Campos y Juan “Quito” Fernández, el otro, Antenor Gauna, se encuentra internado.
Las audiencias tranquilas de esta causa, contrastan con los álgidos debates en el juicio por la Masacre de Margarita Belén, que incluyen chisporroteos entre las partes y crispación generalizadas entre los familiares de los imputados.
Los destinos de “Mencho” y “Quito” están entrelazados desde hace casi 40 años: fueron detenidos con un día de diferencia, por su militancia en la juventud peronista, pasaron por los mismos presidios en Chaco y el resto del país, y recobraron la libertad el 22 de diciembre de 1983. Para más simbiosis, cuando les hicieron Consejo de Guerra en 1979, compartieron abogado defensor: Aldo Martínez Segón, imputado en la causa Masacre de Margarita Belén.
Este martes, la causa continúa con el testimonio de los ex detenidos Juan Carlos Goya, Mario Arqueros, Ricardo Ilde, y José Niveyro.
LA CASA DE TARZÁN
Campechano y varias veces bordeando la digresión, Jorge Eduardo “Mencho” Campos, habló sobre su militancia y su detención, haciendo foco en los días que pasó en la Brigada de Investigaciones.
“Nos incorporamos al movimiento nacional justicialista con el ‘Luche y vuelve’, para traer al general Perón”, fue lo primero que dijo. Por esa militancia fue detenido el 16 de junio de 1976, ironías de la historia, el día en el que se cumplía un nuevo aniversario del bombardeo a Plaza de Mayo, en Buenos Aires, para derrocar el segundo gobierno de Juan Domingo Perón.
Campos tenía 20 años, militaba desde los 14, y trabajaba en el Municipio de Resistencia, junto Raúl Figueredo (actualmente desparecido).
Fue llevado a la Brigada de Investigaciones donde lo garrotearon, le propinaron golpes de puño y le tiraron agua caliente durante toda la noche. Fue una tortura de ablande, recién al otro día conoció “la parte más pesada”.
El sótano, al que los torturadores llamaban “‘La casa de Tarzán’, porque los detenidos estábamos en bolas y a los gritos”, relató Campos.
Allí lo desnudaron y lo ataron con sogas a la parrilla metálica de una cama para aplicarle corriente eléctrica en el pene, la barriga, los ojos y la boca y quemarle los tobillos con ácido. La electricidad hacía saltar a su cuerpo y le “daba la impresión de que te vas para el otro mundo” contó. Las quemaduras del ácido le dejaron marcas en los tobillos hasta el día de hoy.
En una ocasión, la corcoveada que pegaba su cuerpo hizo que se le desataran los nudos de una mano y pudo sacarse la venda; vio a Gabino Manader, Humberto Caballero, José María Cardozo y Silva Longhi (los dos primeros imputados en la causa, los otros dos fallecidos).
“Manader manejaba una picana como la que se utiliza para las vacas”, precisó Campos, que ya lo conocía como “un policía de la pesada” desde 1974, por la detención de Aníbal Pontí, hecho que generó una interpelación en la Cámara de Diputados.
Explicó que tanto Manader como Carlos Thomas, jefe de la Brigada, eran “hombres públicos, participaban de nuestros actos, camuflados, pero nos conocíamos todos”. Dijo que Ramón Meza (imputado) “era el responsable del área restringida”, donde, “en varias oportunidades, escuchó el acordeón que tocaba (José) Marín (alias Cabo Sotelo)”.
Fue por demás claro al momento de describir cuál era la tarea de la patota de la Brigada: “La tortura y el verdugueo eran sus tareas específicas” precisó.
Le hicieron firmar una declaración con los ojos vendados. Su familia presentó habeas corpus varias veces, sin resultados.
A principios de julio, después de pasar unos días en la alcaidía, regresa a la Brigada donde lo sitúan en los calabozos de la planta alta. Ahí vio a Manuel Parodi Ocampo y su mujer María José Pressa (embarazada), Patricio Blas Tierno y otros. Los guardias les hacían simulacro de fusilamiento y les decían que eran rehenes de guerra.
“Pero no era una guerra, era una cacería, ellos tenían un poder omnímodo”, afirmó.
“SÚBANLO”
Fue detenido el 17 de junio de 1976 en su casa familiar a las 5 de la mañana, “por ser militante de la Juventud Peronista Regional 4ª”. Manader, Cardozo, Silva Longhi, y Caballero lo cargan a las patadas en una furgoneta y lo llevan a la Brigada, donde lo recibe Carlos Thomas.
“Súbanlo”, fue todo lo que dijo el jefe de la patota de Investigaciones. Fernández pudo verlo porque no lo habían vendado. De los pelos fue arrastrado hacia un altillo; la Sala Negra.
Al poco tiempo lo empujaron por la empinada escalera para llevarlo a la parrilla de tortura.
“La desesperación es tremenda, se siente una sequedad en todo el cuerpo, me desesperaba por tomar agua, y tenía una sensación de que me moría, me preguntaba todo el tiempo ¿qué me hacen?, ¿Por qué? Y no aflojaban con los golpes nunca”, fueron las palabras de Fernández para intentar una aproximación a esa experiencia límite.
“La picana te produce una contracción muy fuerte en los músculos, volábamos y nos empujaban para abajo”, explicó. Como consecuencia de los salvajes apremios sufridos Fernández tiene muy dañadas la cuarta y quinta vértebra de la columna.
Ya estaba vendado, pero escuchaba las voces de Manader, Rodríguez Valiente, y Thomás mientras lo torturaban; “¿Dónde están las armas?”, le preguntaban. A pedido de la defensa describió a Rodríguez Valiente, presente durante el allanamiento en su domicilio: “Es morocho y alto”.
“Quito” relató que en la Sala de Negra se cruzó con una chica, “delgadita, rubia y de ojos celestes”, oriunda de Santa Fe. “Acordate de mí”, le dijo la mujer, de apellido Argüello. La torturaron durante toda la siesta y la tarde de ese día. Cuando la regresan a la Sala Negra “la tiraron como si fuera una bolsa de papas”.
Contó que sabían que militares visitaban la Brigada y que se llevaban detenidos. Los identificaban porque veían los borceguíes y los pantalones de fajina por el rabillo de los tabiques
CAMINITO…
En la alcaidía, Fernández no la pasó mejor: los guardiacárceles hicieron una fila de 70 metros y los recibieron con una “paliza tremenda”.
“Eran 50 tipos con bastones y cachiporras, íbamos pasando y nos golpeaban hasta llegar a las celdas”. En la cárcel se vivía un régimen de hacinamiento y encierro. Ahí pudo ver las ampollas en los tobillos de Campos y de Juan Carlos Goya, secuelas del ácido con el que los habían rociado.
En 1979 le hacen un Consejo de Guerra; lo sacan de la U7 junto con otros presos y lo llevan al Regimiento de la Liguria, todos con su correspondiente venda y esposa. Los juzgados eran tratados de “traidores a la patria”. Su abogado defensor era Aldo Martínez Segón, imputado en la causa por la Masacre de Margarita Belén.
“Era un militar petisito y chiquitito que me retaba porque no quería firmar una declaración”, contó Fernández, condenado a 24 años de prisión por ese Consejo de Guerra.
Informe. Gonzalo Torres
Edición: Marcos Salomón
Las audiencias tranquilas de esta causa, contrastan con los álgidos debates en el juicio por la Masacre de Margarita Belén, que incluyen chisporroteos entre las partes y crispación generalizadas entre los familiares de los imputados.
Los destinos de “Mencho” y “Quito” están entrelazados desde hace casi 40 años: fueron detenidos con un día de diferencia, por su militancia en la juventud peronista, pasaron por los mismos presidios en Chaco y el resto del país, y recobraron la libertad el 22 de diciembre de 1983. Para más simbiosis, cuando les hicieron Consejo de Guerra en 1979, compartieron abogado defensor: Aldo Martínez Segón, imputado en la causa Masacre de Margarita Belén.
Este martes, la causa continúa con el testimonio de los ex detenidos Juan Carlos Goya, Mario Arqueros, Ricardo Ilde, y José Niveyro.
LA CASA DE TARZÁN
Campechano y varias veces bordeando la digresión, Jorge Eduardo “Mencho” Campos, habló sobre su militancia y su detención, haciendo foco en los días que pasó en la Brigada de Investigaciones.
“Nos incorporamos al movimiento nacional justicialista con el ‘Luche y vuelve’, para traer al general Perón”, fue lo primero que dijo. Por esa militancia fue detenido el 16 de junio de 1976, ironías de la historia, el día en el que se cumplía un nuevo aniversario del bombardeo a Plaza de Mayo, en Buenos Aires, para derrocar el segundo gobierno de Juan Domingo Perón.
Campos tenía 20 años, militaba desde los 14, y trabajaba en el Municipio de Resistencia, junto Raúl Figueredo (actualmente desparecido).
Fue llevado a la Brigada de Investigaciones donde lo garrotearon, le propinaron golpes de puño y le tiraron agua caliente durante toda la noche. Fue una tortura de ablande, recién al otro día conoció “la parte más pesada”.
El sótano, al que los torturadores llamaban “‘La casa de Tarzán’, porque los detenidos estábamos en bolas y a los gritos”, relató Campos.
Allí lo desnudaron y lo ataron con sogas a la parrilla metálica de una cama para aplicarle corriente eléctrica en el pene, la barriga, los ojos y la boca y quemarle los tobillos con ácido. La electricidad hacía saltar a su cuerpo y le “daba la impresión de que te vas para el otro mundo” contó. Las quemaduras del ácido le dejaron marcas en los tobillos hasta el día de hoy.
En una ocasión, la corcoveada que pegaba su cuerpo hizo que se le desataran los nudos de una mano y pudo sacarse la venda; vio a Gabino Manader, Humberto Caballero, José María Cardozo y Silva Longhi (los dos primeros imputados en la causa, los otros dos fallecidos).
“Manader manejaba una picana como la que se utiliza para las vacas”, precisó Campos, que ya lo conocía como “un policía de la pesada” desde 1974, por la detención de Aníbal Pontí, hecho que generó una interpelación en la Cámara de Diputados.
Explicó que tanto Manader como Carlos Thomas, jefe de la Brigada, eran “hombres públicos, participaban de nuestros actos, camuflados, pero nos conocíamos todos”. Dijo que Ramón Meza (imputado) “era el responsable del área restringida”, donde, “en varias oportunidades, escuchó el acordeón que tocaba (José) Marín (alias Cabo Sotelo)”.
Fue por demás claro al momento de describir cuál era la tarea de la patota de la Brigada: “La tortura y el verdugueo eran sus tareas específicas” precisó.
Le hicieron firmar una declaración con los ojos vendados. Su familia presentó habeas corpus varias veces, sin resultados.
A principios de julio, después de pasar unos días en la alcaidía, regresa a la Brigada donde lo sitúan en los calabozos de la planta alta. Ahí vio a Manuel Parodi Ocampo y su mujer María José Pressa (embarazada), Patricio Blas Tierno y otros. Los guardias les hacían simulacro de fusilamiento y les decían que eran rehenes de guerra.
“Pero no era una guerra, era una cacería, ellos tenían un poder omnímodo”, afirmó.
“SÚBANLO”
Fue detenido el 17 de junio de 1976 en su casa familiar a las 5 de la mañana, “por ser militante de la Juventud Peronista Regional 4ª”. Manader, Cardozo, Silva Longhi, y Caballero lo cargan a las patadas en una furgoneta y lo llevan a la Brigada, donde lo recibe Carlos Thomas.
“Súbanlo”, fue todo lo que dijo el jefe de la patota de Investigaciones. Fernández pudo verlo porque no lo habían vendado. De los pelos fue arrastrado hacia un altillo; la Sala Negra.
Al poco tiempo lo empujaron por la empinada escalera para llevarlo a la parrilla de tortura.
“La desesperación es tremenda, se siente una sequedad en todo el cuerpo, me desesperaba por tomar agua, y tenía una sensación de que me moría, me preguntaba todo el tiempo ¿qué me hacen?, ¿Por qué? Y no aflojaban con los golpes nunca”, fueron las palabras de Fernández para intentar una aproximación a esa experiencia límite.
“La picana te produce una contracción muy fuerte en los músculos, volábamos y nos empujaban para abajo”, explicó. Como consecuencia de los salvajes apremios sufridos Fernández tiene muy dañadas la cuarta y quinta vértebra de la columna.
Ya estaba vendado, pero escuchaba las voces de Manader, Rodríguez Valiente, y Thomás mientras lo torturaban; “¿Dónde están las armas?”, le preguntaban. A pedido de la defensa describió a Rodríguez Valiente, presente durante el allanamiento en su domicilio: “Es morocho y alto”.
“Quito” relató que en la Sala de Negra se cruzó con una chica, “delgadita, rubia y de ojos celestes”, oriunda de Santa Fe. “Acordate de mí”, le dijo la mujer, de apellido Argüello. La torturaron durante toda la siesta y la tarde de ese día. Cuando la regresan a la Sala Negra “la tiraron como si fuera una bolsa de papas”.
Contó que sabían que militares visitaban la Brigada y que se llevaban detenidos. Los identificaban porque veían los borceguíes y los pantalones de fajina por el rabillo de los tabiques
CAMINITO…
En la alcaidía, Fernández no la pasó mejor: los guardiacárceles hicieron una fila de 70 metros y los recibieron con una “paliza tremenda”.
“Eran 50 tipos con bastones y cachiporras, íbamos pasando y nos golpeaban hasta llegar a las celdas”. En la cárcel se vivía un régimen de hacinamiento y encierro. Ahí pudo ver las ampollas en los tobillos de Campos y de Juan Carlos Goya, secuelas del ácido con el que los habían rociado.
En 1979 le hacen un Consejo de Guerra; lo sacan de la U7 junto con otros presos y lo llevan al Regimiento de la Liguria, todos con su correspondiente venda y esposa. Los juzgados eran tratados de “traidores a la patria”. Su abogado defensor era Aldo Martínez Segón, imputado en la causa por la Masacre de Margarita Belén.
“Era un militar petisito y chiquitito que me retaba porque no quería firmar una declaración”, contó Fernández, condenado a 24 años de prisión por ese Consejo de Guerra.
Informe. Gonzalo Torres
Edición: Marcos Salomón